“Nunca le pude decir que era un imbécil porque no me hubiese entendido”. Facundo Cabral

El Ecuador sí que la tiene bien claro. Tiemblen Etiopía, Angola y El Congo, vamos por ustedes. Los que se equivocan como siempre son los otros. “El pico será en mayo, perdón en junio, julio…“, “Aquí no habrá segunda ola como en Europa”, “Vacunaremos al 90% de la población en noviembre”, decían. Son los idiotas que compran 6 dosis de vacunas completas por habitante como Canadá, EE.UU., Reino Unido, Chile los que tienen que preocuparse, “porque aquí el 70% de la población ecuatoriana ya está inmunizada, la curva es chiquitica ya compramos solo 0,4 vacunas por habitante”, “Con 50.000 vacunas para 25.000 trabajadores de primera línea sobra y basta. Total, son los médicos los que llevan la enfermedad a los hospitales, sin intención pero lo llevan”, declaraba el “científico” hinchado como un pavo.

Ubicados en el top ten de la tasa más alta de mortalidad por millón de habitantes, penúltimos en pruebas diagnósticas en Latinoamérica. Desde el principio de la pandemia de coronavirus el argumento central para sostener una de las cuarentenas más largas del mundo fue “para evitar el colapso del sistema de salud”. “Estamos preparados, la situación está controlada”, repite “el científico” sin ver los muertos y las filas de gente en los hospitales desabastecidos. La ingratitud con el personal sanitario es vergonzosa.

Esa aseveración inconsciente sugiere dos consecuencias. Uno, que las medidas tomadas por los “científicos” del MSP y “técnicos” del COE no sirvieron para nada porque el Sistema de Salud sigue aún más colapsado y dos, para quienes trabajamos y dirigimos hospitales no es una novedad que con o sin pandemia siempre faltaron camas en las Unidades de Cuidados Intensivos. El llamado “corredor de la muerte” previo de estos pacientes moribundos es un ritual ahora y antes hasta encontrar una cama libre. Preparados, una falacia.

Científicos: Saber sabe cualquiera. Lo difícil es saber que no se sabe. Con lógica socrática, se supone que solo los sabios logran ese estado superior de ser conscientes de su ignorancia. Es lo que los diferencia de las personas comunes: saben que saben. En cambio, los sabios saben que no saben. Eso quizá no los haga mejores, pero los hace distintos.

A propósito de este florecimiento inusitado de genios y científicos pandémicos, hace poco se publicó un libro titulado, “Ensayo sobre la imbecilidad” de Aaron James, dedicado a una disciplina que lo tiene como mentor: “La imbecilogía”. Es el estudio de las diferentes especies que pueblan el ecosistema de imbéciles. Describiendo al imbécil como “un tipo que se arroga de manera sistemática una serie de ventajas (entre esas de hablar imbecilidades) totalmente convencido, aunque no tenga razón, de que está en su derecho, cosa que lo inmuniza ante la protesta de los demás.

En el campo de la política el imbécil es fácilmente detectable. Quiere hacerse notar todo el tiempo y muestra el poco poder que le da un presidente (generalmente un imbécil cuántico) y la censura de la secretaría de comunicación (pensamiento) que le mandan a callar al imbécil durante semanas. Como hemos visto. Al posesionarse del cargo el imbécil ya advirtió, “a mí me llamaron porque soy científico, no político, además me entrené afuera”. Los ignorantes le creen.

Vamos a producir la vacuna: El imbécil al hablar se traba con frases llenas de contradicciones para confundir a quien lo oye, a menudo no termina una frase sin sentido antes de pasar a otra, de manera que sus contradicciones quedan sin aclarar (ese rato), trata de ser jocoso en sus definiciones incluso en medio de declaraciones críticas y solemnes, pasando por alguien que está divorciado de la realidad y cuando no sabe que atinar argumenta, “no soy político”. Queda claro que el  país tiene un acceso marginal a las vacunas. Luego saldrá un comunicado de prensa aclarando la equivocación, una y otra vez.

A menudo se hace difícil saber si está hablando en serio a raíz de las cosas que dice sin ponerse rojo de vergüenza y si alguien de algún gremio médico lo cuestiona o contradice por no presentar evidencias científicas se pone furioso, sarcástico ofende al contradictor y se afirma en su falsedad. Uno de los peligros del imbécil cuando tiene poder es que si rebaten sus argumentos puede cambiar de estrategia y negar haber dicho lo que está grabado, filmado, escrito y documentado con sus palabras. James sostiene: “Lo dirá con una confianza suprema, capaz de debilitar la confianza de las personas que lo escuchan, quienes pueden llegar a pensar: ¿puede ser que yo no lo haya oído bien?”

Los guayaquileños son indisciplinados, los quiteños no: El imbécil no necesita conocer a fondo el tema del Covid-19 y conste que tuvo un año para hacerlo, pero habla con aires de autoridad, emite opiniones simples, precarias y básicas sobre cuestiones tan complejas. Hace comparaciones regionalistas, rodeado de mediocres que saben del timo pero que lo ignoran por conservar el puesto. En ese tren cuando sus súbditos jerárquicos lo reemplazan para hablar, en lugar de ayudarlo lo avergüenzan convirtiendo la justificación forzada en una confrontación que parece una lucha de imbéciles.

Incivilidades: El imbécil suele parecer una persona sensata e inteligente –al principio- hasta que por impericia y negligencia empieza a asignar culpas, responsabilizando a la población de acciones que le corresponden al Estado y al Gobierno. Es responsabilidad de ellos ofrecer la adecuada infraestructura, los recursos humanos y materiales ante esta contingencia y no endilgar la responsabilidad a los ciudadanos y menos al personal de salud en quienes la ingratitud es colosal. Utilitarios, ahora descartan a médicos, enfermeras, auxiliares, tecnólogos.

“Doctores shopping” y “doctores televisión”: Es lamentable que la fragilidad de nuestra memoria colectiva sea la responsable de hacer posible la llegada de este tipo de imbéciles al poder. Desconocidos sin ninguna trayectoria ni liderazgo. El olvido colectivo sumado ahora al miedo de la pandemia y la liviandad de los principios son terreno fértil en donde el imbécil saca provecho, se instala y juega con la vida de millones de ciudadanos. Las consecuencias se empiezan a ver funestas. “Cuánto podemos soportar a los imbéciles sin perdernos el respeto a nosotros mismos”.

Artículo firmado por Pablo Izquierdo Pinos

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