Cuarentenas y vidas truncadas: los paralelismos entre el covid-19 y la fiebre amarilla

El temor de entrar a un hospital, contraer un virus y morir no surgió con el covid-19. Ya en la década de 1850, en Uruguay y Argentina, durante la epidemia de fiebre amarilla que afectó a estos dos países, ese miedo era tan intenso que hasta un padre podía abandonar a sus hijos en un hospital.

Los tiempos en aquel momento eran oscuros, la fiebre amarilla fue una epidemia muchísimo más mortal que el covid-19, e hizo replantear a sus gobernantes sobre si aplicar cuarentenas o apostar a la economía, e incluso a celebraciones tradicionales, una disyuntiva que también enfrentaron todos los gobernantes en pleno 2020.

En 1857, en Montevideo, un comerciante bonaerense llevó a sus hijos adolescentes al hospital y estos murieron poco tiempo después. El padre fue criticado y a los hijos los llamaron “los mártires del egoísmo”.

Más de 160 años después, miles de personas fallecieron por no acudir a su cita médica regular, pensando que ir a un hospital les aseguraría su muerte por covid-19.

“En el pasado la salud no estaba muy desarrollada y había una concepción muy especial con respecto a los hospitales. La gente no iba a ellos porque los consideraban lugares a donde iban a morir”, dijo a Sputnik el historiador y docente uruguayo, Alejandro Giménez, autor de varios libros, entre ellos “Por mi honor, vida de los presidentes de la República”, “Breve historia de Montevideo”, “La Pasión Laica”, e “Ilustrados y Valientes”.

El académico relató que el médico alemán Carl Brendel, quien vivió en Montevideo entre 1835 y 1892 y llegó a ser testigo de varias epidemias, era contrario a evacuar la capital de Uruguay y aconsejaba la “cuarentena voluntaria y el traslado salubre”, términos que suenan muy familiares en tiempos de covid-19.

“Incluso el segundo presidente uruguayo, Manuel Oribe (1835-1838), habló en algún momento de cuarentena. Era muy difícil realizar acciones de difusión de información (y) eso generaba mayor cantidad de fallecimientos. En la epidemia de Argentina, hay una polémica si se debería suspender la fiesta del carnaval, lo que ahora nos pasa con los espectáculos deportivos. Argentina decidió hacer la fiesta y la pagó con más muertos”, dijo Giménez.

En la misma sintonía, el historiador y miembro del Comité Paraguayo de Ciencias Históricas, Herid Caballero, dijo a Sputnik que la epidemia de la fiebre amarilla fue mucho más letal que el covid-19.

“En esa época no había medidas de información, los servicios de salud eran muy precarios. Siempre estas pandemias interpelan a los gobiernos en cuanto a los desafíos que tienen que adoptar, y más las de la fiebre amarilla a fines de los años 1870, porque los países estaban debilitados después de la guerra. En el caso de Paraguay fue catastrófico, se hacían colectas para juntar dinero y poder asistir a los enfermos”, contó.

LAS FASES

Uruguay tuvo dos períodos de fiebre amarilla, la primera entre marzo y junio de 1857, en la que murieron alrededor de 2.500 personas en Montevideo, que entonces tenía una población de 60.000 habitantes.

La segunda epidemia es entre 1872 e inicios de 1873. En esta segunda fase muchos creen que la Guerra de la Triple Alianza (1864 – 1870) pudo haber ocasionado este nuevo rebrote.

Lo que sí se sabe es que los soldados que participaron en el conflicto bélico entre Paraguay y la coalición formada por Brasil, Argentina y Uruguay, trajeron la epidemia a Buenos Aires entre enero y junio de 1871, dijo Giménez.

En Bueno Aires murieron 14.000 personas, siendo que entonces residían en la capital argentina unas 180.000.

La expansión de la enfermedad tuvo aspectos comunes entre Uruguay y Argentina: comenzó en la zona portuaria y se propagó con el hacinamiento en el que vivían los inmigrantes en los conventillos.

“Empieza en zonas portuarias, en el caso de Buenos Aires, San Telmo y La Boca; en el caso de Montevideo, Ciudad Vieja, Centro y Barrio Sur. La población pudiente empezó a salir de esos lugares y se refugió en San Isidro, Flores, Belgrano en Buenos Aires. Mientras que en Montevideo fue en Paso Molino, Prado, la Unión. Las epidemias influyeron en la expansión de las ciudades”, explica el historiador uruguayo.

Por otro lado, Giménez destacó que Buenos Aires fue “tan castigada”, que incluso se inauguró el cementerio del barrio Chacarita para enterrar a las personas fallecidas por fiebre amarilla.

El impacto fue tal en ambas márgenes del Río de la Plata, que el arte también se ocupó de la epidemia.

El célebre pintor uruguayo Juan Manuel Blanes inmortalizó la situación en su cuadro “Un episodio de la fiebre amarilla”, pintado en 1871.

“El cuadro retrata muy bien el episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires; es muy interesante porque nos muestra una escena que se da en San Telmo, en un conventillo, mientras varios doctores ingresan al lugar. El cuadro muestra a la madre tirada sobre el suelo, que yacía muerta, y su bebé, que quiere meterse en su pecho. Mientras tanto, el esposo de esta señora inmigrante italiana, se encuentra detrás de la puerta”, cuenta el historiador uruguayo.

La enfermedad ya había causado miles de víctimas en Montevideo en 1857, y siguió siendo un flagelo para la región, especialmente en épocas en las que las condiciones higiénico-sanitarias eran deficientes.

La fiebre amarilla es una enfermedad viral aguda, hemorrágica, que se transmite por la picadura de un mosquito infectado, el Aedes aegypti.

Se presenta como una infección febril grave que afecta al hígado, los riñones, corazón y puede producir un estado de shock grave, hemorragia y una mortalidad elevada.

Poco tiene que ver la fiebre amarilla con el covid-19, pero el pánico general, y las respuestas de las autoridades, ayer y hoy, con más de un siglo y medio de diferencia, son casi idénticas.

Con información de Agencia Sputnik – Lucía Barrios

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