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Ecuador: El Frente Patriótico discute cómo salvar el país en las próximas elecciones

Si hay algo que no se discute entre auténticos demócratas es el concepto de la política concebida como el ejercicio efectivo de las libertades públicas, es decir, de los derechos civiles políticos, económicos, sociales y culturales mediante el uso público de la razón, como diría Kant, bien comprendida la razón, en palabras de Schelling, como la potencia infinita del conocimiento, tal es, en términos hegelianos, la libertad objetiva, vigente en toda sociedad democrática, en oposición a la libertad absoluta que se atribuye una facción cuando, abusando del poder conferido según las leyes, pretende imponer a la sociedad un interés egoísta recurriendo para ello a la astucia, o fomentando el odio y la discordia, o valiéndose de la amenaza y la fuerza.

La forma negativa del Estado, bajo tales condiciones, se ha transformado en constante instrumento de todos los males, pues, el sustento del interés ilegítimo se obtiene siempre con el sacrificio de los intereses del pueblo, el mismo que, con justa razón, se siente defraudado, deja de confiar en el Estado y comprende que no tiene más alternativa que luchar por la reivindicación de sus derechos.

Resulta, por cierto, difícil, no solo para el pueblo sino para los políticos honestos, descubrir con la debida anticipación el engaño, la impostura y la simulación de aquellos “compañeros” que a la luz del día defienden valores y principios, y en la oscuridad conspiran contra éstos y planifican la traición; con algo de cinismo, Talleyrand, decía que la traición es cuestión de fechas.

Tan frecuente es esta conducta deplorable en la política, mas no por repetirse reiteradamente ha logrado aceptación general sino que siempre ha sido vista como una práctica detestable que denigra a sus autores y les descalifica para siempre en el manejo de la cosa pública, pues, el pueblo sabe que no se puede confiar la conducción del Estado a la astucia falaz de sus opresores cuando lo atinado es fiarse de la razón ilustrada de quienes no temen estar de su lado a la hora de comprometerse con la realización de la igualdad y la justicia.

No es, por tanto, el “correísmo” el que se ha opuesto a las maquinaciones de una facción de falsos políticos que se han apoderado del Estado y ostentan el poder sin ninguna legitimidad ya que carecen de respaldo popular, configurándose, por tanto, un estado de cosas que puede definirse de cualquier manera menos como democracia. Ha sido el propio gobierno el que ha perdido todo el apoyo con el que surgió de las urnas cuando pactó con los vencidos a fin de ejecutar el programa impopular y antidemocrático de los privilegiados.

Se trata del mismo gobierno que por servir a un poder extranjero ha violado la Constitución, se ha burlado de los derechos humanos y ha replanteado en términos regresivos la integración regional; ha adoptado una conducta incompatible con los principios de legalidad democrática, independencia y soberanía de los Estados, al apoyar las agresiones que sufre Venezuela; ha sido esta misma facción la que ha quedado abandonada de todos ya que el resentimiento y la traición, por su pertenencia al lado más oscuro del alma humana, no consigue adhesiones sino rechazo. A todo esto habría que añadir las múltiples denuncias de corrupción que pesan sobre este mismo gobierno, sin que las mismas se hayan investigado de conformidad con las reglas del debido proceso a fin de asegurar el derecho a la verdad que asiste a todos los ecuatorianos y establecer las responsabilidades que correspondan en caso de comprobarse la comisión de un delito. Es por todo esto que un pueblo indignado y rebelde por naturaleza le dice que deje el poder y se retire, y se apresta a expresar este sentimiento general en las urnas.

La astucia no conseguiría sus funestos fines sin su corregente, el odio. Años de ineficiencia e incapacidad para administrar el Estado no han sido obstáculo para utilizar las instituciones públicas, especialmente las encargadas del control y la justicia, con el más infame de los fines: dividir y enfrentar a los ecuatorianos sembrando con malicia y deliberada intención la sospecha, la animadversión y el odio de la ciudadanía hacia el expresidente Rafael Correa, con el único fin de destruir su figura política y evitar que vuelva a ocupar la Presidencia de la República a pesar de su exitosa gestión en todos los ámbitos de la administración pública, especialmente en campos que interesan a la mayoría de compatriotas como infraestructura, salud, educación, vivienda y empleo.

Sin embargo, este odio absurdo se ha hecho patente en la sentencia por una jueza sino por las vengativas Erinias, con el fin de impedir su participación en la contienda electoral que se aproxima. Como en el drama trágico de Sófocles, Antígona, explica el filósofo, L. Schajowicz, la condena de Correa «simboliza la condena decretada por los poderosos de la tierra a quienes no les queda otro recurso que el de la violencia para sentirse ante sí mismos justificados en su función de árbitros supremos […]. Los poderosos intuyen que la mera presencia de un ser puro es subversiva, ya que desautoriza el odio, es decir, aquella pasión sin la cual las agresiones no suelen ser efectivas» (Mito y Existencia, p. 161).

Pero, el odio es una pasión ciega y malsana, hecha de un fuego que no diferencia nada ni distingue el bien o el mal, un fuego que precisa mantenerse siempre vivo y exige acrecer si ha de ser efectivo. El pueblo, con su innato saber intuitivo, no se ha dejado engañar por estas llamaradas de ignominia y ha podido reconocer entre la humareda gris que despiden las infames brasas, las manos que las han encendido y alimentan, y se apresta a extinguir la hoguera castigando con su voto a quienes se han dejado llevar por tan bajo comportamiento.

La contumacia de este tipo de acciones podría afectar el justo derecho del exmandatario de participar directamente en los comicios que se avecinan, pero no le inhabilitan para ejercer el liderazgo que un significativo número de electores le reconoce a fin de aglutinar a todas las organizaciones y fuerzas políticas en torno al objetivo común de recuperar el país y dar continuidad al proyecto de reformas implementado por la revolución ciudadana, promoviendo las candidaturas de los ciudadanos que mejor representen a esta tendencia política y estén dispuestos a servir lealmente al pueblo y garantizarle un nivel de vida próspero y digno.

La pandemia, que ha mostrado el lado más débil de nuestra especie, o sea, esa propensión a dejarse llevar de las narices por un miedo atávico e irracional a todo lo que le es desconocido y percibe como amenaza a su vida e integridad personal, ha dejado ver también la espantosa dimensión del vacío de poder que afecta a la república, en un país que se mantiene por inercia y no se hunde más porque ya está en el fondo, un país que debe racionalizar sus miedos y no atar su destino a un virus maquiavélico ni a los designios funestos de un grupo de políticos avispados, pero sin inteligencia.

Convendría en esta parte recordar la reflexión de Áyax, otra de las Tragedias de Sófocles, cuando dice: «Tengo que buscar un proyecto de unas características tales que evidencien de algún modo que no he nacido para ser un cobarde. Porque vergonzoso es que un hombre desee vivir largamente sin experimentar ningún cambio en sus desgracias. ¿Cómo puede alegrarnos añadir un día a otro y apartarnos de morir? No compraría por ningún valor al hombre que se anima con esperanzas vanas; el noble debe vivir con honor o con honor morir».

Las elecciones de 2021 tienen una importancia histórica sin precedentes porque se encuentra de por medio el futuro de una nación cuyo destino debe ser trazado por el pueblo en su conjunto, no por el interés egoísta y patológico de una minoría insensible y desequilibrada que mira el porvenir de las mayorías populares con absoluto desdén e indiferencia, calculando únicamente sus ganancias puesto que su única patria es el dinero. Por estas mismas causas, los ciudadanos deben permanecer vigilantes a fin de prevenir cualquier acción incompatible con sus derechos y que no se ajuste a las leyes, que pretenda evitar un necesario e improrrogable cambio de gobierno o desconocer su sagrada voluntad manifestada libremente en las urnas.

Quito, 18 de mayo de 2020

Por Pablo Villagómez integrante del Frente Patriótico Nacional

Con información de Patria Nueva

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