Un virus es un agente infeccioso que tiene la capacidad de multiplicarse y de mutar para sobrevivir. Es una toxina, un veneno que puede ser letal si logra esparcirse por todo lado. No es fácil de detectar y cuando es descubierto busca la forma de transformarse, de camuflarse para resistir, con el objetivo de continuar actuando y contaminando a los demás.

Hay millones de tipos de virus, pero uno de los más letales y perniciosos, sin duda alguna, es el de la corrupción. Ataca a todos los estratos sociales, a todos los sistemas políticos, económicos y comunicacionales. Está presente en todos los ámbitos de nuestras vidas. Es parte de la cotidianidad y del paisaje político de nuestro país, convive con los de derecha, con los de izquierda, con los de centro, con funcionarios públicos y privados, con creyentes, agnósticos, ateos, con blancos, mestizos, negros, cholos, niños, jóvenes, adultos mayores, indígenas, hombres, mujeres, gays, lesbianas, transexuales y más.

No tiene la más mínima consideración o escrúpulos, logra identificar a los más débiles, ambiciosos e inmorales para infectarlos y reproducirse. Mata o aniquila a varios para causar temor, pero su modus operandi es mantenerse oculto, agazapado hasta encontrar una oportunidad para volver a actuar. Se propaga y fortalece sin compasión en emergencias políticas, sociales, económicas, naturales y sanitarias.

Desde el retorno a la democracia, en 1979, hasta la fecha, hemos sido testigos de varios brotes del virus de la corrupción que se han visto reflejados o expuestos en la sucretización de la deuda privada, en 1983 en la administración de Oswaldo Hurtado. El tráfico de influencias en los negociados petroleros y camaroneros en el Gobierno de León Febres Cordero, de igual forma las denuncias de sobreprecios en la construcción de la vía Perimetral y en la adquisición de un avión presidencial Fokker, el robo de joyas y obras de arte del Palacio de Carondelet, todo esto sumado al execrable crimen, todavía sin resolver, de los hermanos Restrepo.

En el Gobierno de Rodrigo Borja no fueron la excepción los actos de corrupción, hubo dos procesos penales por peculado, uno en la importación de 342 toneladas de acero y el otro por el financiamiento del trasvase del río Daule a la Península. El bochornoso caso de los gastos reservados, que involucraron al Exvicepresidente Alberto Dahik, en el Gobierno de Sixto Durán Ballén, fue uno de los actos de corrupción más sonados al que también se sumó el caso denominado “Flores y miel”, en el que estaba involucrada la nieta del Primer Mandatario. En la administración de Abdalá Bucaram, que apenas duró seis meses, se destaparon varios casos como el primer millón de “Jacobito” obtenido gracias a su “genialidad” y mañosa “habilidad” para lucrar en las aduanas y los juicios por gastos reservados y la “mochila escolar”.

En el interinazgo de Fabián Alarcón, desde la forma en la que nació su Gobierno ya estaba viciado por un acto grave de corrupción y componenda política, a esto se pueden sumar otros casos como el de la importación fraudulenta de ropa usada, la forma dolosa del manejo de los gastos reservados, las coimas en una de las garitas de la Comisión de Tránsito y los sobreprecios en la construcción de carreteras. Pero todo parecería un juego de niños en comparación al feriado bancario ocurrido en 1999 en el Gobierno de Jamil Mahuad. Este nefasto episodio dejó como saldo más de 2 millones de migrantes, un desfalco al Estado de 8 mil millones de dólares y la muerte del sucre como moneda nacional del Ecuador. La administración de su sucesor, Gustavo Noboa, también estuvo salpicada por denuncias de corrupción en la contratación de un seguro para aviones de las Fuerzas Armadas con un sobreprecio que superaba los 4 millones de dólares.

Después, en el 2003, el Coronel Lucio Gutiérrez, llegó al Palacio de Carondelet una vez que logró encandilar a los electores con un discurso de izquierda, de lucha abierta contra la corrupción, anti neoliberal, anti establishment. Su administración estuvo llena de denuncias de nepotismo, actos de corrupción en las aduanas, en la adquisición de insumos para atender a los damnificados por la erupción del volcán Tungurahua.

Después de una década de actos de corrupción, inestabilidad política, económica y social, los ecuatorianos decidieron elegir a Rafael Correa como Presidente. Se mantuvo en el poder durante 10 años y en ese periodo también hubo denuncias de actos de corrupción en la construcción de carreteras, escuelas del milenio, hidroeléctricas, hospitales, plataformas gubernamentales con supuestos sobreprecios.

No obstante, en el Gobierno de Lenín Moreno las denuncias de corrupción también se han convertido en el denominador común de su administración. Para bien o para mal, en plena pandemia, se han destapado y difundido los actos más ruines, inhumanos e inverosímiles de corrupción. Unos cuantos miserables han usufructuado de la emergencia sanitaria y del dolor ajeno de miles de personas que han perdido a sus familiares a causa del Covid-19.

Por ejemplo, en el Hospital del Guasmo Sur de Guayaquil se cobraba entre 30 y 300 dólares para que los denominados gestores de las morgues ayuden a los familiares de los fallecidos a buscar, localizar y retirar los cuerpos de sus allegados.

De igual forma, en algunos hospitales las pertenencias de las personas que llegaban con síntomas de Covid-19, desaparecían inmediatamente.

Otro de los escandalosos actos de corrupción son los sobreprecios en la adquisición de mascarillas, en las fundas para embalar los cadáveres de las personas que murieron por Covid-19 y en la compra de canastas humanitarias por parte de la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos.

A esto hay que sumarle que la misma Presidencia de la República realizó un contrato de más de 500 mil dólares para temas comunicacionales, esto en el mes de abril, cuando estábamos en plena emergencia sanitaria y todo acto público masivo estaba restringido.

Y como si fuera poco, en la casa de uno de los asesores del Asambleísta del partido de Gobierno, Daniel Mendoza, se encontraron más de 500 mil dólares en efectivo, armas de fuego y sellos de instituciones gubernamentales.

En definitiva, el virus de la corrupción se ha enquistado en todos los ámbitos y espacios de nuestras vidas que hasta se ha naturalizado. Es parte del paisaje de nuestra vida y con el convivimos. Los gobiernos de turno no se inmutan y los ciudadanos lo utilizamos como parte de nuestras conversaciones cotidianas con un atisbo de ira, impotencia y malestar, pero nada más. Parecería ser que el sistema político democrático no se debilita, al contrario, se podría decir que se fortalece más, dependiendo de las personas involucradas y del monto robado.

Edison Pérez

Máster en Ciencia Política por FLACSO – Ecuador. Es Comunicador Social de la Universidad Central del Ecuador. Ha trabajado como asesor político y de comunicación en varias instituciones públicas. También ha ejercido la docencia universitaria

 


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