El niño Marcos y la piedra filosofal de Les Luthiers

Mientras jugaba, el niño vio cerca de su casa en Santa Fe, Argentina, un camión trasladando cueros. Tomó la varita, la agitó y he aquí un chiste. Se lo llevó a su hermana. Le dijo: “Ahí llevan cueros para hacer vacas”. Así empezó en la alquimia Marcos Mundstock, quien integraría luego un consejo de magos llamado Les Luthiers.

No, no piense que es tan fácil. No cualquiera hace oro del plomo así nomás y así de rápido. Otros lo han intentado con alto riesgo y han salido magullados. Por las redes se difunden unas supuestas “frases célebres” del grupo musical y humorístico argentino que en realidad son espurias, fraguadas por mercachifles, y se parten al primer mordisco.

Solo una de ellas es genuina, la última: “De cada 10 personas que ven televisión, cinco son la mitad”. La pronunció justamente Mundstock en el solemne monólogo introductorio de la pieza titulada “La tanda. Música para televisión”, de 1979, y se distingue por el absurdo, que según los sabios es de entre todos los elementos de esta alquimia uno de los más excelentes.

Marcos falleció este miércoles en Buenos Aires tras una larga enfermedad, pero dejó engarzadas en el mundo hispanohablante piedras preciosas ya de uso común, creadas en conjunto con Les Luthiers.

Usted mismo compruebe la calidad: “Decidme qué debo hacer en este momento aciago… así hago algo”, “Si tu amigo te clava un puñal por la espalda, debes desconfiar de su amistad”, “Como bien dice el inglés: “time is money”: el tiempo es un maní”, “Sus encantos no habían disminuido con los años… habían desaparecido”, “Te confesamos todas nuestras faltas… falta ropa, falta comida, falta dinero”.

CREADOR DE MASTROPIERO

Tras probar con el piano, el canto lírico, la locución y la publicidad, Marcos ya en Buenos Aires conoció a un grupo de universitarios inclinados al humor y a la música liderados por un joven que los superaba un poco en edad: Gerardo Masana, quien potenció a todos en sus habilidades de ingenio, pero que falleció tempranamente.

Sus seguidores quedaron con la semilla de su talento, y con los años esa agrupación derivó en Les Luthiers.

Así, Jorge Maronna (quien propuso el nombre del grupo), Carlos Núñez Cortés, Carlos López Puccio y Daniel Rabinovich (fallecido en 2015), iniciaron con Marcos esta aventura de humor, música y magia por América Latina, España e incluso Estados Unidos, y de la que también participó en sus comienzos Ernesto Acher.

Fueron pregoneros de un compositor torpe, camaleónico y advenedizo llamado Johann Sebastian Mastropiero, que nació de la mente de Marcos en sus primeras incursiones humorísticas universitarias y fue presentado por primera vez al mundo en 1968 en un programa televisivo.

MULTIFACÉTICO

El niño Marcos, ya de grande, tuvo también sus complejos, como su sentimiento de culpa confeso por no haber estudiado música en profundidad como sus compañeros de grupo, o por no desarrollar más su faceta de actor, algo que parece haber satisfecho en sus últimos años al participar en algunas películas.

“Quise ser abogado, ingeniero, aviador, cowboy, benefactor de la humanidad, tenor de ópera, Tarzán, amante latino, futbolista y otras cosas más”, admitió una vez, y quedó registrado en los programas de mano que se entregaron en los shows del grupo en distinguidos teatros.

Pero es que su aporte principal era su agudeza distintiva. No obstante estar rodeado de genios que trabajaban en conjunto, Marcos parecía tener la piedra filosofal para la creación de textos, particularmente los que él mismo leía con voz pomposa de bajo-barítono en las introducciones que por años fueron parte del formato habitual de las piezas de Les Luthiers.

Otra contribución importante fue influir con su amor por la ópera y el ballet, y así Mastropiero plagió a Wolfgang Amadeus Mozart para crear la opereta “La hija de Escipión”, o a Piotr Chaikovski para montar el ballet “El lago encantado”.

La chispa y la rapidez que tuvo de niño nunca le abandonaron, como demostró en una de las tantas giras por el interior de Argentina, cuando, mientras leía la introducción a una pieza y el teatro oía su voz grave, alguien de la cazuela no contuvo su entusiasmo y prorrumpió: “¡Grande, Marcos!”.

Ante el elogio, Marcos tomó la varita, la agitó y he aquí un chiste. Le respondió de la forma más magistral posible al desconocido fan: “Ah… viniste”. Y todo el humor del mundo se puso de pie.

Raúl Pierri

Con información de Sputnik

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