El 16 de abril de 2016 a las 18:58, un terremoto de 7.8 en la escala de Richter golpeó a Ecuador. En 60 segundos 673 vidas se perdían, Manabí se desmoronaba, las casas caían con seres humanos dentro y el país entero sentía el terror, la angustia y el dolor más brutal jamás imaginado. Las ciudades se apagaron, ¡solo quedaron las voces de la desesperación pidiendo auxilio desde los escombros!

Fue entonces que, a pesar de la lucha, las obras y la resistencia a una derecha recalcitrante aún convulsionando en su veneno por vivir, el Gobierno de Rafael Correa era puesto aprueba por el poder demoledor de la naturaleza. El entonces Presidente estaba en Roma cuando tembló la Patria, sin embargo el 17 de abril -a menos de un día del desastre- decretó el Estado de excepción y direccionó todos los recursos nacionales a la emergencia. No nos faltó liderazgo, alma ni voluntad, ahí estuvo el Vicepresidente Jorge Glas, ¡él si poniendo el pecho a las balas, no a la foto! El hombre al que las circunstancias y su compañero de lucha le dieron el timón de un barco lastimado. El que enfrentó cientos de réplicas del terremoto en territorio y nos llevó a tierra firme, el que afrontó la emergencia y gestionó la ayuda del primer país que nos tendió la mano, Venezuela. El que reconstruyó las provincias destruidas, el que en medio de la desgracia generó más de 50 mil fuentes de empleo y reactivó más de 15 mil negocios, el que dijo “Dejaremos la vida en esta reconstrucción”, ¡el hombre que aún resiste! ¡El que solo se marchó cuando cerró la última carpa!

Ese hombre lleva preso más de dos años sin una sola prueba en su contra, su único pecado fue advertirle al país la aberrante componenda política que se avecinaba, la que disfrazada de “diálogo” repartiría y destruiría a la Patria, la traición que nos ha llevado a la ignominia y abandono que hoy estamos viviendo. El hombre que también fue traicionado, apresado y vilipendiado; arrasado por el odio y arrastrado por la venganza hasta el confín mismo de la infamia.

Más de 673 vidas se perdieron en 60 segundos, todos los cuerpos fueron sepultados en bóvedas individuales, al igual que los no identificados que fueron también fotografiados y sus huellas digitales registradas para posterior identificación de los familiares. Jamás escuchamos, ni una sola vez, que el gobierno pensara en fosas comunes.

No estábamos preparados para un terremoto, para 673 fallecidos, 6.274 heridos, 113 personas rescatadas con vida, 28.775 albergados, 5 ciudades destruidas hasta en un 80%, una provincia en escombros, 9 provincias golpeadas, más de 600 casas colapsadas y 3.741 réplicas del terremoto tumbando lo que quedaba. Si, tampoco estábamos preparados ¡pero teníamos gobierno!

Hemos pasamos de ser espectadores obligados de una hecatombe diaria, a víctimas humanas de la desidia de un gobierno tan perverso como inoperante. Un gobierno que ni siquiera concluyó las obras de reconstrucción que ya estaban financiadas. Hoy, que logramos sobrevivir a una desgracia de la que aún nos cuesta hablar sin que duela el alma, nos enfrentamos prácticamente solos a un virus que tomó el control de la vida de un pueblo que suma los muertos que el gobierno calla. Mientras el encargado de un banco -irónicamente también encargado de los cadáveres- dice que hay 1.878 fallecidos, el presidente dice que son 1.424. Para ellos no somos personas muriendo, somos números que ni siquiera pueden contar. Es por eso que, aún dándole crédito a las cifras gubernamentales, con tantos muertos recogidos en las calles y en las casas, cuyos cuerpos quizás nunca sepamos donde están, la evidencia que palpamos día a día y el dolor -ese si incalculable-, llegamos a una conclusión tan macabra como criminal, ¡ni en la guerra del 41 se perdieron tantas vidas!

Ecuador vive una desgracia igual o peor, ¡pero no de 60 segundos, sino de casi tres años! Convencieron a muchos con un “Si” que fue mentira, para consumar una Consulta Popular que fue la estocada final de nuestra desgracia. Lo advertimos tantas veces, pero no importo la piel tostada por el sol de la lucha ni las suelas desgastadas de los zapatos del hombre que con un megáfono recorrió el país diciendo: ¡No, siete veces no! ¡Vienen por ustedes!

Cuando apresaron al Vicepresidente nos agarraron en las manos, pero no era suficiente, condenaron a Correa para asegurar nuestro final. No eran ellos, ¡éramos nosotros! Por eso nos masacraron en octubre y nos dejan morir ahora. Abrimos los ojos, debían doblegarnos porque el pueblo es el poder. Nos dominaron con el miedo, miedo a las balas, a las rejas, ¡al miedo! ¡Por eso nos mataron de a poco!

Hemos visto al país entero caer a pedazos sin que tiemble la tierra y hemos visto ensimismados, casi adormecidos, la persecución política más aberrante y descarada de la historia. En mitad de la emergencia y casi sobre los muertos, soslayaron las leyes y condenaron a un expresidente, ¡no por culpable sino por luchar!

Hoy habitamos un país que huele a muerte, un país golpeado por una pandemia que pudieron y no quisieron controlar, un país donde hasta los médicos y enfermeras han sido olvidados, silenciados y despedidos. Muchos han muerto con la bata blanca y la frente en alto, ¡mueren mientras luchan tratando de hacer un milagro! Si hubieran asignado los recursos que usaron para pagar la deuda, no existiría un solo médico contagiado ni un solo médico muerto, al menos no haciendo su trabajo. Ellos no necesitan los aplausos de un vicepresidente en sesión de fotos, ¡necesitan salvar vidas, incluidas las suyas! Entiéndase, ¡sus muertes no son parte de la misión, son parte de la omisión!

Pensaron que apresando a un inocente y condenado a otro romperían la fe del pueblo. Pensaron que dejándonos morir nos arrancarían la fuerza y que en las lágrimas derramadas por nuestros muertos, ¡se nos escaparía la Patria! ¡Qué equivocados están!

Nos quitaron la democracia, la voz y el grito, ¡nos apresaron la libertad y nos dejaron la angustia!

Nos dejaron morir en la calle y en la puerta cerrada de un hospital, ¡nos patearon en el suelo!

Nos arrancaron a alguien que jamás volverá, ¡nos dejaron un espacio que jamás se llenará!

Nos quitaron la dignidad, la paz, la alegría, ¡se nos llevaron la vida en ataúdes de cartón!

Nos quitaron familia y amigos que hoy deberían estar vivos, se llevaron sus cuerpos, se llevaron sus tumbas, ¡nos quitaron el derecho a llorar!

Nos quitaron el abrazo que no pudimos dar, el beso que guardamos, la risa compartida y un plato en la mesa, ¡nos dejaron para siempre una silla vacía!

Pero jamás imaginaron que nos hicieron fuertes, valientes, indubitables, ¡que nos hicieron irrompibles!

#VamosAvolver

Publicación en Facebook de Marisol Bowen


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