Las verdaderas estrellas no están en la Tv: médicos, enfermeras, auxiliares de enfermería, tecnólogos, laboratoristas, personal de limpieza, ambulancieros de todos los hospitales del país. Ellos son. Están en la primera línea de fuego de un virulento, incesante y contagioso fuego. Agazapados e inermes. Su trinchera ahora es la emergencia y la UCI, luego se extenderá por los pasillos y pisos hospitalarios. Esperan el zarpazo artero e invisible del coronavirus directo a sus pulmones y entrarán en esa curva que puede herirlos de muerte. Todos lo enfrentan sin medios y una frágil armadura que esperemos dure las tres fases de la guerra virológica, no una batalla: las prendas de protección personal.

En un país roto económicamente, las hilachas siempre son de la salud pública. Si bien el virus no discrimina, la punta letal de esa flecha epidemiológica siempre apunta al corazón de los más pobres, los desempleados, los jubilados, los que no tienen casa y los que no tienen familia. Encaramados en una pared vertical del pico epidemiológico, unos intuban, otros aplican un electroshock, los más experimentados abren en un tris un agujero en la tráquea de un paciente que salvan con un conocimiento, habilidad e inteligencia impresionantes. No se rinden, hay que vencer a la Parca, doblegarla para que caiga en picada.

Arriba, donde por fin la curva se aplana –porque todos están en casa- la lucha es de igual a igual. Se mira de frente a los ojos del microbio. Disminuyen los infectados, las trincheras de UCI están repletas pero con heridos sanando. La vigilia es constante, nadie duerme. A los más jóvenes los vence el sueño y dormitan en el suelo aséptico con el bip, bip, bip de un monitor que soñaran no muestre esa línea recta infinita hacia la muerte. Pobres galenos, sus madres. Para ellos no hay teletrabajo, videoconferencias, videochats grupales: eso déjeselos a los culpables del desastre de los últimos 40 años. Quienes sacarán cuentas de lo que cuesta en vidas la precariedad de gobernar un país inequitativo.

La sabiduría, la valentía, la solidaridad, el sentido altruista humanitario del personal sanitario es admirable y digno de reconocimiento. Pero si alguien reclama, como decía Albert Camús en La Peste: “La estupidez insiste siempre”,  hay que perseguir a los “disidentes sanitarios”, a aquel que se atreve a reclamar lo que se ve todos los días en el mapa bélico hospitalario: solo intemperie.

Afuera todo es silencio, las calles vacías, es como si en el bombardeo de microbios el misil de la transmisión comunitaria apuntase solo a los hospitales. La gente huyó a sus casas, el refugio antivirus. Pánico es poco, es una paranoia, una histeria, una psicosis alimentada por la sobreinformación y la ignorancia de “Nostradamus y Paracelsos mediáticos” que hablan por tuiter con miles de fieles seguidores. Eso sí, lo más lejos del hospital.

Los burócratas reunidos todos con mascarillas N95 y guantes quirúrgicos -de uso exclusivo en UCI-  y mal puestos, cumplen un papel clave:  transmiten una sensación de contagio inminente, de peligro general. Como si la enfermedad estuviera en el aire, en el ambiente y cualquiera fuera a infectarse con solo respirar o asomarse a la ventana. La pedagogía del terror y la ignorancia. Virus que matan.

The Lancet –una de las revistas científicas de mayor prestigio mundial- en un editorial reciente, recomienda cuidar a los equipo de salud especialmente de países con sistemas sanitarios débiles como el nuestro. Descuidarlos sería catastrófico. En el país no tenemos aún cifras oficiales de personal sanitario contagiado, pero las expectativas son sombrías.

Médicos, enfermeras, auxiliares mal remunerados y desprovistos de insumos y de prendas de protección personal es una triste realidad en el primer mundo y más en países subdesarrollados y emergentes como el nuestro. El caldo de cultivo ideal para que el virus se expanda y ponga en riesgo ese recurso humano valioso.

Las desgracias no vienen solas: La escasez de respiradores pondrá a los médicos en un dilema ético y moral inconmensurable: decidir quien vive y quién no. Sume la indisciplina del pavor en ciertas regiones del país con largas colas de ciudadanos en las guardias de emergencia y otros que abarrotados pugnan por un ansiado PCR en laboratorios que no dan abasto y envían los resultados de un sospechoso después de 6 días. Un período de ventana fatal. La fórmula perfecta del desastre contra los médicos. Primera y última barrera de la desorganización y el caos.  Camús: “El mal que está en el mundo casi siempre proviene de la ignorancia, y las buenas intenciones pueden causar tanto daño como la malevolencia si carecen de comprensión”. (O) Pablo Izquierdo Pinos

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