Entre la noche del martes y la tarde de ayer, el primer ministro británico, Boris Johnson, sufrió tres severas derrotas parlamentarias que dejan en entredicho la viabilidad de su gobierno y ponen en jaque sus intenciones de sacar al Reino Unido de la Unión Europea ( Brexit) el 31 de octubre, exista o no un acuerdo de salida negociada para entonces. Primero, el Partido Conservador perdió su mayoría parlamentaria con la defección de un diputado; después la nueva mayoría aprobó un proyecto de ley que obligaría a Johnson a solicitar a las autoridades comunitarias una prórroga para el Brexit y, por último, los legisladores rechazaron el llamado a elecciones anticipadas con las que el premier buscaba sumar escaños y hacer aprobar sus medidas para salir de la comunidad política europea a cualquier costo.

La semana pasada, Johnson estiró al máximo la institucionalidad británica al solicitar y obtener de la reina Isabel II una extensión del receso legislativo, acción con la cual pretendía impedir que el Parlamento interfiriera en su manejo del Brexit.

Esta medida, aunque legal, supuso una ruptura no sólo con el Legislativo, sino con porciones muy sustanciales del electorado, sumamente orgulloso de la tradición parlamentaria con la que Inglaterra acotó el poder monárquico desde el siglo XVII.

Al forzar los límites de la institucionalidad, Johnson precipitó la cadena de derrotas en el Palacio de Westminster, llevó a los ciudadanos a las calles en defensa del parlamentarismo y cometió el desfiguro de expulsar de su fuerza política a los legisladores conservadores que votaron contra sus planes.

Para entender el origen de esta crisis, debe recordarse que Johnson se convirtió en jefe de gobierno apenas el 24 de julio pasado, después de que la ex primera ministra Theresa May renunciara tras una serie de fracasos en convencer al Parlamento para que aprobase el acuerdo de salida ordenada alcanzado por su administración con la Unión Europea.

Al contrario de su antecesora, quien se empeñó en buscar un arreglo que permitiera una transición suave cuando el Reino Unido abandonara el mercado único y las instituciones continentales, Johnson apostó por una estrategia suicida según la cual si el gobierno británico se muestra inflexible, Europa deberá ofrecer un acuerdo con términos más favorables para Londres.

Tal estrategia ha dejado impávidos a los líderes europeos, conscientes de que la isla tiene mucho más que perder en caso de una salida precipitada.

En último término, la crisis que hoy protagoniza el émulo británico de Donald Trump se remonta al delirio nacionalista impulsado por los sectores más xenófobos de la derecha en su larga campaña para que el Reino Unido abandonara la Unión Europea.

La constatación práctica de que el triunfo patriotero en el referendo de junio de 2016 lleva a la otrora potencia a un callejón sin salida, marcado por el aislamiento político y la pérdida de sustanciales oportunidades comerciales, ha hecho de todo el proceso una sucesión de turbulencias que por ahora se traduce en una exasperante inestabilidad política, pero que inevitablemente se extenderá a todas las esferas y todos los niveles de la vida británica.

Resulta claro, en suma, que Reino Unido está en riesgo de sufrir el colapso de su vida institucional, pues todo el entramado político-legal es hoy incapaz de gestionar la crisis y de dar un cauce democrático al sinsentido instaurado por un puñado de políticos irresponsables.

Editorial – La Jornada de México

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Ecos de Biarritz

Enric Juliana – La Vanguardia de Barcelona

Diez días después de la cumbre del G-7 en Biarritz, Matteo Salvini se halla fuera del Gobierno italiano, Boris Jonhson ha perdido el control del Parlamento británico, y Pedro Sánchez ya lo tiene todo preparado para repetir elecciones en España. El desorden europeo se está intentando reajustar, mientras se encienden las luces de alarma en el tablero de los indicadores económicos. Sin duda alguna, la reunión celebrada en Biarritz entre los días 24 y 26 de agosto fue importante.

Biarritz no es Yalta, evidentemente. En la ciudad balnearia vasco-francesa no se ha pactado un nuevo reparto de zonas de influencia en Europa, como ocurrió en 1945 en la bella localidad balnearia de la península de Crimea, a orillas del Mar Negro.

Todo parece indicar que en Biarritz los países más poderosos del bloque occidental han ajustado guiones sin zanjar discrepancias. El eficiente servicio exterior francés preparó a conciencia la reunión, para mayor gloria de Emmanuel Macron,que se consagra como principal líder político de la Unión Europa ante el gradual eclipse de Angela Merkel, en el tramo final de su carrera. Con todas sus contradicciones sociales a cuestas, Francia intenta tomar la iniciativa, mientras Alemania busca nuevos equilibrios internos, al borde de la recesión económica. La política es un frenético tobogán. En invierno, la canciller alemana agarraba con firmeza el timón europeo, mientras el presidente de la República francesa era asediado por el movimiento de los gillets jaunes.

Seis meses después, Macron vuelve a brillar. El presidente francés se erige en el principal interlocutor europeo de Donald Trump, cuyo equipo también parece dispuesto a ajustar algunos guiones, sin renunciar a su lenguaje y a su desprecio por la superestructura comunitaria europea. (El “consorcio”, dicen).

En Biarritz, el presidente de Estados Unidos bendijo los esfuerzos del abogado Giuseppe Conte para mantenerse al frente del Gobierno italiano y dejó caer estrepitosamente a Salvini, aparentemente su más fervoroso aliado en Europa. La puntilla de la Casa Blanca al líder de la derecha populista italiana era algo imposible de imaginar antes de las elecciones europeas de junio, cuando Salvini coqueteaba con Steve Bannon, antiguo jefe de estrategia de Trump, e intentaba formar una liga de todos los partidos y movimientos europeo contrarios al poder de Bruselas. Consiguió un buen resultado en Italia, pero no logró encabezar una minoría de bloqueo en el Parlamento Europeo. Ahí empezó su caída en desgracia. Se estaba enfrentando a demasiada gente a la vez, incluido el Papa de Roma. Washington le ha hecho pagar su descarado doble juego con Moscú. El resto del trabajo lo ha hecho la Constitución antifascista italiana de 1947.

Boris Johnson salió de Biarritz convencido del pleno apoyo norteamericano a su aventura. Llegó a Londres y ordenó el bloqueo del Parlamento, mientras los disidentes del Partido Conservador excavaban un túnel debajo de Westminster para escapar hacia el Támesis. Los diputados británicos aprobaron ayer, en primera lectura, una ley que impide un Brexit sin acuerdo. Efectivamente, los guiones se están reajustando. 05/09/2019

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