Este domingo se desarrollaron, en Argentina las Elecciones PASO (Primarias, abiertas, simultáneas, obligatorias) en las que el binomio Fernandez-Fernandez (Kirchnerismo) se impuso con una amplia y decidora ventaja sobre el binomio oficialista Macri-Pichetto.  Con un margen de alrededor de 15 puntos, el Kirchnerismo se proyecta como la fuerza capaz de llegar a la Casa Rosada en las elecciones generales venideras.

De estos resultados se advierte, en primer momento, la derrota contundente del binomio neoliberal que recibe únicamente el 32% de los votos como clara muestra del rechazo a las políticas de reducción de derechos y profundización de las brechas socioeconómicas.  No resulta extraño ver en los resultados la consecuente respuesta popular a una administración que deliberadamente ha utilizado al Estado para el beneficio de las élites.

No obstante, lo que resulta en la gran lección argentina es en la capacidad del binomio de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner para construir una fórmula presidencial con capacidad de ampliar el espectro electoral del kirchnerismo hacia sectores que, en su momento, fueron críticos con la administración de Cristina, pero que a la luz de la realidad política eran capaces de deponer diferencias en pro del sentido de nación y del horizonte político programático.

Otra de las lecciones argentinas está en la gran capacidad de Cristina para leer la coyuntura y proyectarla en función de los nuevos escenarios políticos.  Pues el resultado obtenido responde también a la decisión de CFK para reconocerse como un personaje beligerante de la política argentina pero a la vez reconocer las dificultades que tiene el nombre propio al momento de establecer una agenda política capaz de hacerse de los votos para llegar al poder.   Es por ello que Cristina ha sabido reconocer las debilidades de su administración, modificar legítimamente sus criterios sobre agendas políticas emergentes, y proponer un nuevo momento político que no apele a los logros del pasado sino a las esperanzas movilizadoras de una población que objetivamente requiere retornar a varias políticas sociales de redistribución de la riqueza, pero que subjetivamente exige una modificación de la gestión política

La interpretación de la política argentina es compleja, en medida de que el peronismo es un vector trascendental y polisémico; lo mismo que el kirchnerismo, con similares características pero de más reciente aparición. Más lo que destaca de estas PASO es la capacidad de convergencia generada por sus dirigentes para unificar unas fuerzas que, aún con sus propias agendas y contradicciones internas, lograron capitalizar el descontento popular a pesar de la permanente y millonaria campaña –con Estado incluido- para desprestigiar y perseguir políticamente a cualquier político vinculado a Cristina.

De ahí que otra lección argentina es la de comprender a la política como el escenario de la disputa real para la disputa del sentido, y que la capacidad organizativa y el respeto de las dinámicas propias de los diversos colectivos políticos y sociales no constituye una traba sino una ventaja enorme al momento de desplegar una campaña electoral.   De nada le sirvió a Macri todo el esfuerzo marketero y sus propuestas anticristina cuando la realidad objetiva puede ser proyectada como herramienta de politización y no solo de consolidación electoral.

Es necesario comprender que lo que se ha puesto en juego en Argentina tendrá repercusiones directas en el tablero político latinoamericano y que la posibilidad de consolidación de un gobierno de corte progresista es también una nueva grieta en el conglomerado de gobiernos neoliberales que tuvo en Macri y Bolsonaro a sus mayores exponentes.

Sin embargo, aún queda por ver si el Kirchnerismo es capaz de dar la fundamental lección: Mantener la capacidad de unidad política de cara al próximo proceso electoral y fortalecer el proceso de politización social para recuperar el gobierno.   De ser posible esto, es prácticamente un hecho que Alberto Fernández será el nuevo presidente de la Argentina.  De llegar a ese punto, será posible observar si la cohesión electoral se trasvasa en una agenda democrática que reconozca las diversas vocerías y que emprenda un proceso real de aplicación del republicanismo, en lo que se refiere a las instituciones, y progresista en lo referente a la orientación ideológica de la política social y económica.

En resumen la gran lección argentina es que no basta tener la razón sino que la gente lo sepa, no como experiencia ética únicamente sino como propuesta política.  Pasar de la indignación y la defensa de la gestión a la acción política, la generación de consensos programáticos, la apertura de canales de interlocución entre actores políticos, aún con sus diferencias; y sobretodo la articulación del sentido político por encima de los nombres propios, sin que eso implique renunciar a los liderazgos.

Seguramente los próximos días serán álgidos para el Kirchnerismo, en tanto comenzará la disputa interna por la distribución del poder político. Más lo que se observa es que han sabido avanzar PASO a paso y advertir que para pelearse por la gestión del gobierno, lo primero es llegar, que en este caso es también un volver y que los retornos no se los hace en las mismas circunstancias a no ser que se quiera pasar de la tragedia a la farsa. (O) Diego Vintimilla Jarrín


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