Intentar adjetivar a este gobierno resulta complejo, debido a las múltiples aristas programáticas desde las que se ejecuta la política del ejecutivo.  Sin embargo, en el fondo de todas ellas podemos identificar a la aporofobia. La académica Adela Cortina, hace varios años, acuño el término “aporofobia” como la actitud política de rechazo al pobre, la misma que organiza los dispositivos sociales de dominación y control en función de la aversión ideológica contra las personas que son víctimas de la desposesión capitalista.

Existen suficientes razones para considerar que la actual política ecuatoriana, en tiempos del (des)gobierno de todos, ha tomado una proyección desconcertante en razón de que el “exabrupto” se ha convertido en el lugar común de las apariciones del Presidente.  Intervención tras intervención Moreno se evidencia como un sujeto cargado de complejos que expresa su real visión de la sociedad y desentraña su posición ideológica radicalmente vinculada con las elites.

No obstante, resulta trágico observar como el gobierno nacional, más allá de Moreno, se ha organizado desde una retórica de la ética protestante, donde el “combate a la pobreza” es la herramienta para configurar una razón de estado al servicio de la oligarquía.  Como ya hemos señalado en anteriores ocasiones, la contrarreforma neoliberal que presenciamos se ha planteado como una relación dialéctica y antagónica respecto a la “revolución ciudadana”, por lo que la acción sacrificial se la propone como la única vía para superar los problemas devenidos desde el gobierno anterior y se presentan a los actores y sectores alineados con el Moreno como legionarios templarios, despojados de cualquier interés salvo el de “reinstitucionalizar el país” y movidos por altruistas convicciones de reencausar el país en la senda democrática.

Ahora bien, todo esto no sería del todo posible sin el concurso protagónico del oligopolio mediático corporativo que, sacadas cuentas, es la columna vertebral en la que se sostiene la gestión gubernamental.  La retahíla de personajes que ejercen las vocerías de la opinión pública demuestra que son los mismos protagonistas de la crisis democrática –social, política y económica- desde el retorno a la democracia.

Así las cosas queda patente la exactitud de la frase de que “la realidad llama al orden a la ficción” pues en ninguno de los escenarios que se barajaban hace poco más de 30 meses resultaban tan complejos para el mantenimiento real de las condiciones materiales de vida de las y los ciudadanos, lo cual contrasta con el modus vivendi y modus operandi de los integrantes del gabinete ministerial y del propio presidente.

Intentar adjetivar a este gobierno resulta complejo, debido a las múltiples aristas programáticas desde las que se ejecuta la política del ejecutivo.  Sin embargo, en el fondo de todas ellas podemos identificar a la aporofobia.

La académica Adela Cortina, hace varios años, acuño el término “aporofobia” como la actitud política de rechazo al pobre, la misma que organiza los dispositivos sociales de dominación y control en función de la aversión ideológica contra las personas que son víctimas de la desposesión capitalista.

Desde esta perspectiva, Moreno, su gabinete, sus amigos y secuaces son radicalmente aporofóbicos; lo cual se demuestra cuando se observa en el uso ilegítimo de bienes públicos para distanciarse de la pobreza y los riesgos asociados.  Se ve en las agendas gubernamentales, donde Moreno se ha convertido en una “momia coctelera” que se regodea con los miembros del jet set y sale en sus revistas.  Más, donde más patente se hace la aporofobia es en la política pública de las diferentes carteras de Estado: quienes han muerto en las cárceles han sido los PPL pobres; los afectados de la voracidad de la expansión minera son los habitantes de las comunidades pobres; los ofrecimientos incumplidos de pagos de jubilaciones están dirigidos a jubilados pobres; los miles de jóvenes que, hace pocos días, hacían interminables filas para acuartelarse son jóvenes pobres; los trabajadores potencialmente afectados de las reformas laborales son los trabajadores más pobres; las y los niños condenados al retorno de las escuelas unidocentes, son los niños pobres.

Cabe mencionar que la pobreza con la que se ensaña el gobierno nacional es el producto de una negación de la condición humana de los sujetos que la viven.  La pobreza y los pobres del Ecuador contemporáneo son la consecuencia del fortalecimiento de la política a favor de las élites, desde las condonaciones tributarias a los grupos económicos más grandes, las exoneraciones y eliminación de tributos para sectores con mayores capacidades adquisitivas; la legislación y disposiciones en materia económica, laboral, comercio exterior, migratoria reflejan la aporofobia del gobierno encubierta en líneas discursivas de dinamización de la economía, fortalecimiento del mercado del trabajo, atracción de la inversión extranjera, seguridad nacional.

Una especie de operarios orwellianos son los constructores de la retórica positiva de las decisiones absolutamente lesivas al interés nacional y a los derechos de las y los ciudadanos; utilizando la tradición judeo-cristiana de la caridad, el gobierno nacional justifica sus decisiones desde la normalización de la pobreza y la creación de un ambiente de confrontación social, no a nivel político, sino a nivel económico.

Moreno es el encargado de esta parte, su discurso político que lo posiciona como el bonachón desenfadado, es el que instala la opinión de que el gobierno nacional es incompetente para revertir las condiciones de enajenación y despojo y tan solo puede platearse como un estado caritativo que haga la pobreza menos inconveniente para el poder.

Así se entiende que el último “exabrupto” de Moreno, de calificar de “monitos emprendedores” a los niños de 5 años que se ven obligados a trabajar, no es tan solo una equivocación discursiva, sino su real consideración ideológica de la pobreza, donde es pobre el que quiere porque no se esfuerza, y que haciendo gala de una magna desvergüenza plantea a estos niños como la referencia del esfuerzo individual.  Queda claro que Moreno utiliza una interpretación sociológica como si viviera en la vecindad del Chavo del 8, pues caricaturiza la pobreza y dispone como actitud ética la ternura aporofobia de la teoría del goteo propia del neoliberalismo.

Lamentablemente la aporofobia no solo es parte del gobierno, sino que opera como dispositivo de dominación superestructural pues vemos como la opinión pública se indigna de la vejación al niño trabajador, pero parece no considerar que las causas de la injusticia desposesiva no son morales sino radicalmente materiales.  Ahí está una más de las tareas, construir un programa político que rebase la indignación y se convierta en resistencia activa contra las élites aporofóbicas que no han dejado de despojarnos, incluso de memoria. (O)


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