Megan Rapinoe, capitana del equipo campeón del mundo

En septiembre de 2016, en un partido menor entre el equipo femenino del Seattle Reign y el Chicago Red Star, la futbolista Megan Rapinoe permaneció de rodillas durante el himno estadounidense en rechazo a la violencia racial. Este domingo, cuando sonó la canción nacional en la final del Mundial de Fútbol Femenino más vista de la historia, la capitana de la selección de Estados Unidos permaneció en silencio y no se llevó la mano al corazón en protesta a la postura de la Administración de Donald Trump hacia las minorías.

Cuando habla, la delantera también lanza pelotazos. A Trump lo ha tildado de sexista, misógino y racista. También adelantó que si ganaban el Mundial de Francia no visitaría “la puta Casa Blanca”. El presidente le respondió: “¡Termina el trabajo!”. Y Rapinoe, autora de uno de los dos goles contra Holanda que le dieron el torneo a EE UU, definitivamente lo terminó: regresa con el Balón de Oro (mejor futbolista del campeonato) y la Bota de Oro (máxima goleadora con seis tantos).

La fiebre por el fútbol femenino se ha vuelto particularmente política en Estados Unidos. Con una capitana activista por los derechos LGTBI, un presidente conservador y unos candidatos demócratas desesperados por subir en las encuestas, lo que se decía fuera de campo de juego era casi tan relevante como el marcador. Trump, después de mandar a Rapinoe a “ganar antes de hablar”, extendió una invitación a la selección independiente del resultado final. Tras la victoria no se sabe aún qué ocurrirá, si irán o no a la Casa Blanca, pero la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez ya ha invitado al equipo a la Cámara de Representantes, la precandidata presidencial Kamala Harris al Senado y el alcalde de Nueva York y también aspirante a la Casa Blanca anunció un desfile para el miércoles. Todos quieren una foto con esa selección que se ha convertido también en una punta de lanza feminista.

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