La libertad es consustancial a la naturaleza humana. De ella dimanan todos los derechos así como el sentido de su responsabilidad. Alegaron que se sentían coartados en su derecho de hacer y decir siempre lo que les ha dado la regalada gana. Se declararon víctimas cuando la sociedad les exigió responsabilidad ulterior por todo lo que decían y publicaban en ejercicio de su libertad. Fueron la caja de resonancia de los calumniadores y mentirosos que no se resignaban a perder sus privilegios. Cuánto les pesaba tener que publicar la rectificación de sus excesos mediáticos, en sometimiento al irrenunciable derecho al buen nombre, fama y prestigio de todas las personas y no solamente de “ésa gente” de las élites.

En muy recientes tiempos se multiplicaron las voces pluralistas al calor del respeto a una verdadera libertad de expresión y comunicación. Consecuentemente, ningún medio fue perseguido ni mucho menos cerrado, pues la confrontación política se subsanaba en el debate cotidiano y el desenmascaramiento de los rumores tendenciosos y mentiras se cumplía con total transparencia en los enlaces semanales que eran el pizarrón didáctico donde el líder de la Revolución Ciudadana enseñaba al pueblo a empoderarse de sus derechos y asumir sus responsabilidades. Había un saludable y necesario contrapunto, en beneficio de la claridad y transparencia de la opinión y información. Todo ello estaba garantizado en la Ley de Comunicación que fue aprobada por mandato del soberano en consulta. Y lo primero que hicieron sus detractores fue bajarse la Ley para volver al estado selvático imperante en el reino de la partidocracia que sin haber ganado las elecciones hoy ejerce el poder en gallada con la “prensa libre e independiente”.

Ahora no. La prensa, con alguna excepción, ha asumido la consigna de gobernar desde sus mesas directivas. Hablan y callan cuando les conviene y en ese patético escenario la primera víctima es la VERDAD. Lo grave es que no soportan voces disidentes ni alternativas. Han silenciado nuestra opinión de las páginas editoriales de los mal llamados medios públicos, llegando al extremo de sacar del aire con leguleyadas a la Radio Pichincha Universal, propiedad de ese Gobierno Provincial; y con la misma viada e intención callaron la señal de la radio Ecuadorinmediato, asestando un duro golpe a la garantía de la libertad de expresión y al derecho de las audiencias a una información alternativa.

El dirigente político y ex Canciller de la República, Ricardo Patiño fue víctima de persecución por sus ideas y por sus dichos expresados en una convención partidista. El Lawfare lo tipificó como delito de instigación, dictando en su contra orden de prisión, incluida alerta roja para la Interpol, que no les hizo ni al más mínimo caso. Entonces el acucioso denunciante agregó a su libelo inicial que el denunciado es reo de terrorismo y hasta le acusa de provocar un aborto. ¿Entendieron?, ni yo. ¿La Interpol?, peor. Pura persecución. (O) Juan Cárdenas


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