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Cuando el Perú, un país con mucha tradición católica, se alistaba a reposar y reflexionar por Semana Santa, la noticia inicial del disparo y posterior muerte de Alan García Pérez, alteró el convulsionado escenario político nacional.

Un escenario que por más de dos décadas está totalmente polarizado. Por un lado, los inquisidores, por otro, los que pretenden verlo como un mártir de la política, como un héroe de la democracia. Ante esta situación, preferimos decir, un representante de la clase política actual.

Alan asomó en el escenario político, para nunca más salir, a inicios de los ochenta, durante una interpelación a Manuel Ulloa Elías, entonces ministro de economía del segundo régimen de Fernando Belaunde.

Su juventud y carisma rápidamente lo catapultaron como líder natural de Partido Aprista Peruano, un movimiento político que llevaba varias décadas pugnando por alcanzar el poder.

Entre 1985 y 1990 ejerció el poder y dejó un país en profunda crisis económica, pobre en recursos, pero lleno de casos de corrupción. A partir de ahí el nombre de Alan García jamás pasaría inadvertido e indiferente, sino que sería capaz de generar adhesiones infinitas y rechazo en la misma proporción.

Cuando en 1992, Alberto Fujimori interrumpe la democracia con un golpe de estado, Alan, optó por el exilio huyendo por los techos de su domicilio. Se dice que aquel 5 de abril había un orden para matarlo, y que la fuga fue un acto de autodefensa. Todo era posible en el Perú que se ´empezaba a construir´ en aquel momento.

El 2001 retornó en olor a multitud y en concurrido mitin pronunció uno de sus discursos más recordados, parafraseando con un verso de Calderón de la Barca. Y aunque le tocó perder las elecciones frente a Alejandro Toledo, su retorno a la política sería para siempre.

El 2006, el pueblo peruano le dio la oportunidad de ser nuevamente presidente y su segundo gobierno será recordado generosamente por las cifras económicas, pero no escapó de los casos de corrupción y muchos excesos como el famoso Baguazo, que quedaron en la impunidad.

El cerco Lava Jato

Cuando estalló el caso Lava Jato en Brasil, más de un político de la región comenzó a vivir apremios. Como en muchos países de Sudamérica, en Perú se viene librando una batalla contra la corrupción. Existe un estado de derecho e independencia de poderes, con sus errores y virtudes, pero que se respeta.

Es bueno recalcar esto, porque los políticos en problemas pretenden hacernos creer que existe una persecución política. Felizmente el tiempo ha evidenciado sus propias contradicciones. Por ejemplo, cuando se dictó detención preventiva contra el expresidente Ollanta Humala y su esposa Nadine Heredia, muchas voces saludaban el accionar de los fiscales, pero cuando esa medida alcanzó a Keiko Fujimori, el mismo accionar fue tildado de ´odio político´.

El Caso Odebrecht desnudó la triste realidad de la clase política que gobernó al Perú en las últimas décadas. Una triste estadística indica que los últimos 5 presidentes afrontan procesos judiciales por presuntos actos de corrupción (salvo Alberto Fujimori, que cumple condena por violaciones a los derechos humanos).

Cada persona es dueña de sus actos y en muchos casos, puede elegir su forma de vivir o morir. Alan García, después de un catastrófico primer gobierno, eligió el camino del autoexilio para evadir de la justicia, retornando al Perú, cuando sus delitos ya habían prescrito.

Cuando el cerco se iba cerrando más cada día, Alan intentó esquivar la justicia con un fallido intento de asilo político. A partir de ese momento, asomó la imagen decadente de un político, llamando “imbéciles” a los que empezaban a demostrar que el Caso Odebrecht no era ajeno a García Pérez y sus allegados. También tildó de demagogia jurídica al accionar de los fiscales.

El martes pasado brindó una extensa entrevista a una emisora, allí, Alan García dejó varios titulares de periódicos. Habló de sus creencias religiosas, volvió a reiterar su inocencia y por enésima vez acusó a otros de ´venderse´.

Alan García trató de mostrarse seguro y ‘dueño de un escenario’ que a diferencia de años atrás (y gracias al accionar de fiscales independientes) era totalmente adverso.

El miércoles, cuando era intervenido por una solicitud de arresto preventivo, una vez buscó huir de la justicia, solo que esta vez tomó una fatal decisión que, a esta altura, ya no corresponde juzgar.

Por la salud del escenario político, hubiéramos preferido verlo responder a los jueces y fiscales, con la misma ‘seguridad’ que respondía a los entrevistadores que en su mayoría de veces, ‘elegía’.

Con la muerte de Alan García se cierra un capítulo más de la historia política del Perú. Su desaparición no altera el polarizado escenario político, ni tampoco cambia opiniones encontradas. Lo que sí es objetivo, es que no quiso enfrentar a la justicia y no se puede culpar a esta por su accionar, pues la lista de investigados en el país es larga, y muchos habrían optado por el mismo camino.

En la víspera de su fatal decisión, Alan sostuvo que “tiene un pequeño sitio en la historia del Perú”. Lástima que ese pedazo no será de feliz recuerdo, todo lo contrario, muy distante de ser algo ejemplar. Alan una vez más evitó enfrentar la justicia, eligiendo un camino que esta vez, no tendrá retorno. (O)

Por Ruben Marruffo Carranza desde Lima

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