Uno de los episodios más interesantes de la historia de los medios de comunicación y el periodismo parece estar cerrando uno de sus párrafos más impactantes luego de que ayer fue detenido en Londres Julian Assange, el hombre que en aras de la libertad de expresión y la transparencia divulgó algunos de los más comprometedores secretos de Estados Unidos y su participación en las guerras de Irak y Afganistán, y también de otros países, lo que lo puso en la mira de los servicios de inteligencia del mundo.

Assange estuvo asilado en la embajada de Ecuador en Londres durante casi 7 años, como un gesto de simpatía del presidente Rafael Correa con su lucha. Pero, ya en tiempos de ese mandatario, las relaciones se pusieron difíciles, pues continuó con sus filtraciones a pesar de las restricciones de su asilo, y su convivencia en la legación diplomática se convirtió en una papa caliente.

Lenín Moreno, el sucesor de Correa, le dio la nacionalidad para ver si así Assange podía abandonar el edificio de la embajada, pero las autoridades británicas fueron inflexibles, hasta que, en un epílogo anunciado, Ecuador le quitó el asilo y le suspendió la nacionalidad. De ahí a que entrara la policía a detenerlo fue cuestión de minutos. La pelea Correa-Lenín terminó marcando la suerte del activista.

El de Assange es el caso de alguien que fue considerado una especie de campeón de la libertad de prensa, pero que con el paso del tiempo vio desdibujada su independencia ante la sospecha de que se alió con los rusos para interferir en la carrera presidencial de EE. UU. del 2016, filtraciones que terminaron favoreciendo a Donald Trump.

El escenario judicial para Assange es complejo. En principio, deberá pagar cárcel por haber violado su régimen de libertad provisional antes de ingresar a la embajada; la justicia sueca podría reabrir el proceso de violación sexual, y está el pedido de extradición de EE. UU. Un juicio justo y transparente, como lo que él pregonó, es lo mínimo que se espera en este hecho. (O)

DIARIO EL TIEMPO DE COLOMBIA


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