Un embudo salvó a Cabezas

Todo estaba servido para que Elizabeth Cabezas se alzara con una victoria limpia. Había una acusación subjetiva y mal planteada; había un caso difícil para la acusadora, la correísta Amapola Naranjo, quien debía demostrar que la conversación telefónica que la presidenta de la Asamblea mantuvo con la ministra del Interior, María Paula Romo, durante la sesión del 7 de marzo, constituyó incumplimiento de funciones de su parte; tenía además, la presidenta, una indudable ventaja moral proveniente de haber sido grabada sin autorización; para colmo, quienes la acusaban de bloquear la fiscalización eran los mismos que convirtieron la Comisión de Fiscalización en comisión de archivo y soslayaron el control político durante los diez años que controlaron la Asamblea. En suma: pan comido.

Sin embargo, a la hora de la verdad, en lugar de pelearla de frente y ganar en buena lid, se optó por la vía más sinuosa. La noche del miércoles, la comisión constituida para investigar a la presidenta decidió, simplemente, no hacerlo. No llamar a declarar a Cabezas ni a Naranjo ni a nadie. No practicar pericia alguna ni analizar las pruebas. No hacer nada, solo dar por cerrado el caso. De esta manera, otorgó a los correístas toda la cancha del mundo para arrastrar a la presidenta ante la opinión pública. Y esta vez (todo hay que decirlo) con razón.

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