Billetes, pasaporte, móvil, dinero, tarjetas, cargador… Sí, seguro que te dejas algo, pero ya no hay remedio, pues estás de camino al aeropuerto y con el tiempo justo, para variar.

El estrés solo acaba empezar, pues sabes que poner un pie en la terminal es solo el pistoletazo de salida del trámite que todo viajero de a pie debe pasar hasta, un par de horas (con suerte) después, estar sobrevolando tierra y mar hasta llegar a su destino.

El zigzag interminable para pasar el control de seguridad, seguido del de pasaportes; la fila para tomar un café, la del baño, la del duty free (no por aprovechar el mejor precio, sino porque lo que te habías olvidado era el cepillo de dientes)…

Y por fin, llegas a tu puerta de embarque, pero la pantalla te anuncia que hay un retraso de cuarenta minutos. Etcétera, etcétera, etcétera.

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