Cuando observamos las rabietas de los niños por las calles avergonzando a esos pobres padres, nos hace plantearnos si realmente queremos tener un diablillo de esos.
Pongámonos en situación. Estás en el supermercado haciendo la compra. Tu hijo se tira al suelo y empieza a llorar y a chillar desconsoladamente. Tierra trágame, piensas. Intentas que tu hijo te haga caso y le dices con voz suave: Por favor, ¿quieres dejar de hacer eso? ¡Para ya!. Los demás te miran y no quieres montar un” pollo”. Intentas que parezca que dominas la situación totalmente (ilusiones tuyas). En plena rabieta, el niño no te hace caso y lo coges para levantarlo del suelo. Pero empieza a dar puñetazos y se resiste. Tu tono de voz ya no es tan suave y aumenta. Te das cuenta del espectáculo que estás dando y de los cuchicheos que comienzan y de las miraditas de reprobación de tu alrededor. Te pones colorao. Lo agarras como puedes y lo sacas del supermercado y le gritas : YA VERÁS CUANDO LLEGUEMOS A CASA, TE VAS A ENTERAR.
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