En el contexto privado y en el público las mujeres han sido plenamente conscientes del peaje que acarrea mostrarse airadas. A la pregunta “¿estás enfadada?”, la respuesta habitual “no”, o “¿yo?, no”. Pero este arquetípico intercambio ha empezado a hacer agua en los últimos años. Sin esperar a ser preguntadas, sin tratar de disimular su cólera para ganar tiempo y lograr calmarse, muchas mujeres expresan hoy abiertamente su enfado en distintos ámbitos. Lo personal vuelve a ser político, como proclamaba el lema feminista, y además furiosamente. La broma irónica para calmar los ánimos o las lágrimas como forma líquida y poco amenazante para expresar frustración y enfado han dejado paso a un grito alto y poco apaciguador.

En sintonía con esta era de emociones en política, la ira que ellas sienten (¿explosiva?, ¿liberadora?, ¿irreverente?, ¿ciega?) ocupa calles, redes sociales, tribunas y cuartos de estar, también salas de exposiciones, pantallas cinematográficas, escenarios teatrales y, de forma apabullante, las mesas de novedades en las librerías. “No hay una sola mujer que no comprenda que su enojo es abiertamente denigrado. No necesitamos libros, estudios, teorías o especialistas que nos lo cuenten”, escribe, a pesar de ello, Soraya Chemaly en su oportuno y esclarecedor ensayo Enfurecidas. Reivindicar el poder de la ira femenina (Paidós). “Las mujeres experimentan la discriminación de formas distintas, pero comparten la experiencia de que al mostrar su enfado se les diga que están locas, son irracionales o están poseídas”.

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