Desde las promesas de campaña y a partir de la (inesperada) asunción al Gobierno de Donald Trump suenan las alarmas sobre un “retorno al proteccionismo” en Estados Unidos (EE. UU.) como amenaza al orden global neoliberal. Se ha renovado la discusión liberalismo-proteccionismo desde una postura hegemónica que plantea ambas alternativas como contradictorias y en la que el proteccionismo sería un lastre del “populismo de derecha” de Trump que atenta contra los logros del neoliberalismo a nivel internacional. Así, desde la prensa hegemónica -que se hace eco de las voces expertas más calificadas- se viene advirtiendo sobre los perjuicios de los lineamientos proteccionistas impulsados por el Gobierno, en particular, los efectos en la economía y geopolítica internacional y, también, para América Latina y el Caribe (ALC).

Sin embargo, hay poca información concreta sobre cuál es el impacto en inversiones y relaciones comerciales con la región, donde las políticas de Trump, paradójicamente, parecen haber profundizado el neoliberalismo por la vía de la expansión de las transnacionales estadounidenses. Además, más allá de si el proteccionismo es “bueno o malo”, los resultados de los lineamientos implementados parecen haber abierto un nuevo ciclo de crisis en la economía de EE. UU.,[1] a la vez que están causando un impacto significativo en la geopolítica internacional. Lo que no está tan claro es que se trate de medidas que amenacen la supervivencia del neoliberalismo.

A continuación, expondremos qué es el “proteccionismo à la Trump” (una cosa es lo que se dice, otra es lo que se decide y otra diferente, lo que se logra), dimensionando, en primer lugar, sus efectos en EE. UU. para, en un segundo momento, abordar su impacto en las relaciones con ALC.
Proteccionismo à la Trump en EE. UU.

La llegada de Trump a la presidencia de EE. UU. auguraba, para la mayoría de analistas, un menor ritmo de comercio y de inversiones con la región. En efecto, varios factores parecían conjugarse en este sentido: la suspensión de acuerdos, como el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), que contemplaban la reducción de barreras no arancelarias, la armonización regulatoria y la creación de nuevos estándares para regular el comercio digital; la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN); la idea de renegociar, también, acuerdos bilaterales con otros países como Chile, Colombia, Panamá y Perú, entre otros; las críticas a la OMC por favorecer el libre comercio; y la apuesta por la relocalización de la producción de las empresas estadounidenses hacia EE. UU. Sin embargo, hasta el momento, no se ha verificado esta tendencia.

El “America First”, que prometía generar empleo e impulsar la industria nacional, volver al “made in America” vs. el “made in China”, ha mostrado escasos resultados. No parece haberse conseguido un aumento en la competitividad de las industrias locales, pues la mayoría está atada a una cadena de producción invariablemente internacional.[2] A esto se suma la disminución de las ganancias en las industrias manufactureras de EE. UU., como la de producción de alimentos, bebidas y tabaco, las productoras de petróleo, carbón, químicos y otros productos durables que se fabrican en territorio estadounidense. En un análisis reciente se menciona que esa caída de las ganancias podría explicar la política proteccionista al interior y la política de libre mercado al exterior.[3]

Sin embargo, esta merma no se observa en todos los sectores. El complejo industrial-militar (una de las principales fuentes de empleo en EE. UU.) sigue gozando de buena salud: la venta de armas de EE. UU. al mundo se incrementó en 2017 (en continuidad con la tendencia con los gobiernos de Obama y de acuerdo a lo prometido por Trump). El último ejercicio fiscal (octubre 2016-septiembre 2017) cerró con la venta de poco más de 41.930 millones de dólares, un incremento del 24% con respecto al mismo periodo anterior. Los departamentos de Defensa, Estado y Comercio plantean diferentes propuestas para mejorar y acelerar el proceso de ventas a otras naciones y, también, estimular el incremento de empleos en el sector. Según datos recientes, EE. UU. realiza el 57.9% de las transacciones mundiales de armamentos,[4] y con América Latina las ventas rebasaron los 343 millones de dólares en 2016, destacando las compras de México (100.899 millones), Colombia (75.990 millones), Brasil (59.310 millones) y Chile (48.798).[5]

También parece haber un repunte en las repatriaciones de dividendos de las empresas estadounidenses tras medidas como el “taxcut”. Anteriormente, las empresas sólo pagaban impuestos sobre sus ganancias cuando lo ingresaban al país; a partir de ahora ya no estarán gravadas. En el primer trimestre de 2018 ingresaron a EE. UU. 300.000 millones de dólares por esta partida, cuando el promedio trimestral de los últimos años oscilaba en torno a los 50.000.[6] Por primera vez desde 2005 las empresas estadounidenses registraron un flujo neto de capitales positivo hacia su país entre inversión extranjera directa y remisión de utilidades.[7] El dato es que las repatriaciones, hasta el momento, no se han transformado en nuevas inversiones, sino que se han destinado mayoritariamente al mercado financiero, en particular, para la re-compra de acciones de las propias empresas[8].

A su vez, las políticas proteccionistas están generando una mayor expansión de las empresas EE. UU. al exterior,[9] expansión que, tal como vienen operando desde hace décadas -si bien por un lado implica aumento de inversiones y puestos de trabajo- también es portadora de una serie de “condicionamientos” a las economías (sobre todo las periféricas), asociados a exenciones impositivas, fuerza de trabajo barata y condiciones laborales “flexibles”, etc. -cabe recordar que en esta tónica van las reformas laborales y previsionales de los gobiernos de derecha en Argentina y Brasil, por ejemplo-.

Los factores por los cuales las políticas proteccionistas podrían generar mayor inversión de las empresas estadounidenses en el exterior son: (1) el encarecimiento de los costos de producción derivado del incremento de aranceles para insumos de uso difundido, como acero y aluminio; (2) la repatriación de capitales puede inducir a una apreciación del dólar que también atente contra la competitividad local y; (3) las políticas anti-inmigratorias pueden atentar contra el “reclutamiento de cerebros” que realizan las empresas estadounidenses en todo el globo para desarrollar las tareas de innovación en su país.

Considerando las disputas al interior de la política estadounidense (incluida la escasa legitimidad que parece tener la figura de Trump con un impeachment en puerta), el proteccionismo a la Trump ha suscitado controversias y parece no contar con el apoyo de los principales grupos económicos, históricamente asociados al libre mercado, que abogan más bien por la expansión neoliberal.[10] En paralelo, desde el Congreso se abre una disputa en la que incluso un sector de los republicanos rechaza las medidas proteccionistas de la Casa Blanca, amparadas en un abuso de la excusa de la “seguridad nacional”.[11] En este sentido, tanto republicanos como demócratas encuentran un punto en común al defender la necesidad y conveniencia de un Estado neoliberal (con matices), a excepción de un grupo de demócratas progresistas, representados, por ejemplo, por Bernie Sanders y sus propuestas cercanas al Estado de Bienestar.[12]

En términos generales, algunos análisis apuntan a que la economía estadounidense experimenta ya un proceso abierto de crisis, reflejado en la caída de las ganancias en varios sectores de la manufactura.[13] Pero también debido al incremento de la deuda de las principales empresas.[14] Los lineamientos proteccionistas se perciben como resultado de una crisis global incierta, de larga duración (en septiembre se cumplen 10 años de la crisis de 2008) y en un momento en el que la hegemonía estadounidense está siendo cuestionada internacionalmente.
Proteccionismo y expansión de la economía de EE. UU. en ALC

En ALC no se notan cambios sustanciales en el derrotero de los tratados de libre comercio (incluyendo el TLCAN, del cual no sólo no se ha retirado EE. UU. sino que parece más bien dispuesto a plegarse a algunas de las condiciones mínimas propuestas por México), la presencia de inversiones de EE. UU. o la considerable disminución de la presencia de compañías transnacionales de ese país en la región, como lo anticipamos anteriormente y como lo demostraremos a continuación.[15]

Evolución del comercio exterior

El comercio exterior entre EE. UU. y ALC no presenta un patrón decreciente desde el inicio de la presidencia de Trump, sino más bien lo contrario. En 2017, el comercio total entre ambos bloques fue de 685.535 millones de dólares, un 4,6% superior al total comerciado en 2016 (655.439 millones). Este fue el primer crecimiento del intercambio comercial en tres años.

El aumento del comercio se debió tanto al incremento de las exportaciones de la región (5,8%) como de las importaciones (3,0%). Por su parte, el saldo comercial mejoró en favor de ALC, que pasó de un superávit de 106.119 millones de dólares en 2016 a 119.863 en 2017.

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