Las sociedades dejan su impronta en el arte y la cultura. Hablar de literatura significa pasar a considerarla en su dimensión sociológica y, atender al sentido histórico individual y relativo que todas las culturas llevan irremediablemente adjudicado.

Las maneras de narrar reflejan las formas de percibir el mundo. Y se renuevan estilos, géneros y métodos de narrar e invariablemente hay detrás, un cambio en esos modos de ver. Y este hecho, como consecuencia es especialmente llamativo cuando lo que cambia, no es solo el lenguaje, también las perspectivas del entorno, sociedad, religión y género, pero también los conceptos de moral y erotismo, entre otros tópicos, que resultan fascinantes y atrevidos  abriéndose hacia nuevas propuestas de lecturas, que replantean y decodifican cánones y estereotipos sociales y religiosos.

Estos cambios ocurren en la literatura cubana de los noventa. Década en que la sociedad se encontraba inmersa dentro del eufemísticamente denominado  “Periodo especial”,  una de las mayores etapas de crisis económica por las que ha transitado la isla. La cual ha sido llamada también, “crisis económica de los noventa”. Derivada, fundamentalmente, por la caída del Campo Socialista.

Esta presencia de la voz femenina en la narrativa cubana nace y crece vertiginosamente. La escasez  de papel no es un impedimento para la creación. Las mujeres escriben y lo hacen aun sin esperanzas de publicar. Algunas consiguen insertarse en editoriales extranjeras, y se pierde una buena parte de la historia de la narrativa cubana. Pero las mujeres insisten, escriben y leen bajo la tenue y molesta luz del farol improvisado.

Se crean espacios en Casas de Culturas y otros centros de encuentros, algunos improvisados. Las casas particulares son escenarios propicios para la lectura.

Esta cruzada literaria llega a todas partes del país unas escriben, otras leen y otras escuchan. Coexisten plazas alternativas y formales, cualquier sitio con capacidad de convocatoria tributa a esta eclosión literaria.

Tratar de comprender este fenómeno narrativo significa aportar explicaciones. Sin embargo, algunas pueden ser objetivas y otras subjetivas. Un levantamiento literario, como el ocurrido en esta etapa, tiene consigo diversas explicaciones, motivos y consecuencias, incluso misterios. La sicología de las autoras también cuenta. Y es notable en la caracterización de los personales. Los perfiles sicológicos más frecuentes fueron la locura, la drogadicción, el alcoholismo y la mujer desasosegada y asfixiada dentro de su rutina cotidiana. Calco y consecuencia del sufrimiento emanado por una sociedad en crisis. Tal situación conllevó a rebajar los estándares de felicidad y placer. Y por tanto, a enfocarse en la creación como un mecanismo catártico con el cual se expulsa la angustia

Considero que lo interesante es que no solo se escribe, también hay un público atento a la producción cultural del momento. Y como consiguiente, las voces femeninas tienen un obvio impacto social.

La maternidad erróneamente interpretada por el canon patriarcal como el sacrificio único de la mujer se muestra ahora con audacia y sentido del humor. (Laidi Fernández, “Oh, Vida”.) Laidi, reflexiona acerca del rol de la maternidad y sus conflictos en tiempo de crisis. Sus protagonistas son madres solteras que se lanzan a la lucha por la subsistencia en plena crisis económica. Haciendo un sinfín de estratagemas para alcanzar las cosas más sencillas, difíciles de conseguir en las adversidades. Expone la vida asfixiante de la madre y su afán por sobreponerse a las situaciones por las que transita. Sus narraciones sacan a la luz la violencia doméstica agazapada en las conductas femeninas como una forma natural de la existencia. Convoca a rebelarse contra los cánones patriarcales con un especial sentido del humor y lealtad al género femenino. Exponiendo mediante  conflictos cotidianos, en apariencia simples y comunes, (Clemencia bajo el sol) el rostro de la verdadera víctima.

Es la primera narradora, que escribe sobre las misiones internacionalistas. Tema que había sido hasta entonces, exclusivo de los hombres. (Dolly y otros cuentos africanos, 1994. Editorial Letras Cubanas). Este volumen, aun siendo la primera publicación de la autora, debuta con una alta dosis de inflexión  a nivel textual que permite comprender desde la profundidad de la nostalgia el rol femenino. A través de la voz femenina de una médica internacionalista que cumple misión en África, invita a reflexionar sobre los rigurosos y absurdos cánones sociales que impedían las relaciones con extranjeros (Los egipcios). Desligada de la guerra en África como solía suceder con esta literatura de firma masculina, Laidi nos impacta con el mundo beligerante de una profesional de la medicina en territorio africano, mostrando abiertamente sensaciones y sentimientos propios del ser humano, aunque solo sean vinculados a la mujer. Al mismo tiempo que propone un acercamiento a la cultura africana desde la mirada cubana.

Anna Lidia Vega, (Bad painting, Catálogo de Mascotas) expone el conflicto de la sexualidad lésbica como una manera natural de conducirse. Sugiere la importancia de que las mujeres conozcan y disfruten del cuerpo. Refutando las limitaciones que el sistema falocéntrico impuso a la expresión femenina. Llama la atención sobre el alcoholismo y la drogadicción en tiempos de crisis. Plantea el homosexualismo desde una perspectiva del placer, de la realización personal y evita los finales dramáticos hasta ahora mostrados como consecuencia de la

Ena Lucia Portela  (Sombrío despertar del avestruz, Una extraña entre las piedras) manifiesta con desenfado nuevas concepciones en sujetos considerados hasta entonces, como seres raros, friquis, drogadictos, antihéroes deformes, aislados de los estereotipos sociales como resultado de la realidad social, Aportando nuevas visiones sobre la sexualidad y el erotismo gay.

En esta misma línea de libertades del cuerpo y el espíritu se encuentra Karla Suárez (Silencios) quien presenta una protagonista alejada del prototipo tradicional de belleza, al igual que Ena, sugieren un sentido de liberación de los conflictos a través de la satisfacción de la sexualidad y la insubordinación a las conductas tradicionales de género.

Mylene Fernández ( Anhedonia.1996)  Presenta a dos mujeres debatiéndose externa o internamente con los conflictos cotidianos propios de una  sociedad que aún no les ofrece toda la protección necesaria para su emancipación. Los hombres con los que lidian aún no están preparados para admitir la independencia femenina en toda su extensión y profundidad. Inconformes con sus vidas cada una admira interiormente a la otra. Están ligadas por sus íntimos deseos de libertad, por sus conflictos ante la vida cotidiana: el matrimonio, la profesión.

La prostitución y la religión son temáticas que aparecen en este periodo y se exponen desde perspectivas diferentes y contradictorias con las generaciones literarias que preceden esta etapa. La jinetera hace su entrada en la narrativa como una protagonista alegre, con determinadas características estereotipadas, a veces, mulata, ignorante, santera. (Pregúntaselo a Dios, Marilyn Bobes) sin embargo, no es la mujer avergonzada que reniega de su pasado, porque está orgullosa de su presente (Tiempo de cambio, Manuel Cofiño). Es en su generalidad representada como una mujer con instrucción, educada, que no pertenece a ninguna institución, ni a burdeles. Ejerce su oficio en la calle y presentada en muchos casos como una madre o una hija abnegada que no tiene otra salida para su sustento económico y el de sus familiares. Es representada como una mujer libre. No se someten al mando de una madama ni se relega al ambiente asfixiante del burdel (Chaviano, 1997).

La religión, es evitada como temática en las generaciones literarias precedentes, y enunciada solo en los casos en que se va utilizar como didáctica para rechazarla y promover el ateísmo (Cuando la sangre se parece al fuego, Manuel Cofiño). En esta etapa,  se expresa la diversidad religiosa de la isla.

Momento en que hay un despertar religioso en la sociedad producto de la crisis económica la religiosidad crece y aumenta la devoción. La reconciliación entre el estado y la religión aparece en la literatura femenina desde perspectivas diversas y aunque no hay una corriente religiosa predominante, sí una manifestación de la religiosidad que identifica a la literatura de esta etapa.

Definitivamente, la narrativa femenina cubana de los noventa abrió una profunda brecha en la construcción social de los géneros, se asumió el sistema patriarcal como una de las causas del silencio de la mujer en la literatura cubana en etapas precedentes. Como resultado se establecieron debates de igualdad entre el hombre y la mujer en los espacios editoriales y de la cultura en general.

No obstante, la lucha por la igualdad de género y la emancipación de las mujeres, es un gran reto que demanda, estrategias, propuestas y nuevas legislaciones para modificar drásticamente las relaciones sociales y los procedimientos que regulan la convivencia.

La literatura, sigue siendo una herramienta para desafiar y proponer soluciones a los problemas de la mujer.

Bibliografía

Campuzano, L. (2004). “Las muchachas de La Habana no tienen temor de Dios” . La Habana: Ediciones Unión.

Chaviano, D. (1997). La putería. Bogotá: Editorial Latina.

de Armas, L. (2014). Religión y literatura, censor de la sociedad. La Habana: Cubaliteraria.

Valle, A. (2000.). Brevísimas demencias. La Habana: Ediciones Extramuros,.

Valle, A. ( 2001). Habana Babilonia o Jineteras en Cuba. Madrid. : Ediciones Artemano.

Valle, A. LA NARRATIVA CUBANA DE LOS 90S.

Yañez, M. (1998). “Una fugaz mirada a los “noventa” y un comentario sobre “El harén de Oviedo”. Cubaliteraria .

Yáñez, Mirta y Bobes, Marilyn . (1996.). Estatuas de sal. La Habana, Cuba: Editorial Unión.

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Etiquetas : CubaLa narrativa de los noventa y su impacto en la sociedadMsc Lourdes de Armas