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Publicado por Federico Kucher | 8 Jul, 2018 | Debates Económicos |

La última crisis internacional se inició con el estallido de las hipotecas subprime en Estados Unidos. El sistema financiero se expuso a derivados con alto riesgo que le reportaron una fuerte pérdida por el desplome de los precios inmobiliarios. El efecto derrumbe no fue sólo para los bancos y las entidades dedicadas al negocio de las finanzas, sino que hubo impactos profundos para la economía real.

El empleo, la producción y el consumo de los países desarrollados y emergentes sufrieron las consecuencias de la crisis. Los bancos centrales de países avanzados tomaron medidas extremas para rescatar a la banca (evitando amplificar el colapso sobre la actividad), inundaron de liquidez los mercados y bajaron las tasas de interés a niveles negativos en términos reales. Pasaron 10 años del estallido, pero el mundo parece no haber aprendido la lección.

Economistas de distintas corrientes plantean, con preocupación, que el aumento de las deudas en los países soberanos (sumado al endeudamiento de las familias y las empresas) puede marcar un nuevo punto de quiebre de la industria financiera, y trasladar los impactos a la economía real. El último informe del Fondo Monetario Internacional deja en claro que el volumen de pasivos de los países desarrollados y emergentes se encuentra en picos históricos. En las economías avanzadas, la deuda en porcentaje del Producto Bruto Interno (PBI) se ubica en un 100 por ciento, un umbral que en los últimos 150 años sólo había sido superado en la Segunda Guerra Mundial.

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