italo, Leo. Messi toca el cielo con las manos tras convertir el 1-0 parcial sobre Nigeria. (Foto: Juano Tesone / Enviado especial)

Jugó su mejor partido en lo que va del torneo. Anotó un gol, estrelló un tiro libre en un palo y luego fue sacrificio y solidaridad. De su mano, Argentina está en octavos.

La imagen ya es inmortal. De rodillas ante el mundo. Rendido ante el cielo, con sus brazos en alto y sus ojos desenfocados. Entregado al desahogo. Al agradecimiento divino. Lionel Messi y su festejo de gol es la alegoría perfecta de esta Selección que elevó sus plegarias al 10 para romper con tanto sufrimiento, con demasiada agonía. Este Messi sí es el verdadero Messi, el que todos quieren ver, siempre. Revive en el momento más extremo, cuando los estómagos se aprietan y duelen de tanto nervio y ansiedad.

Ahí, el genio señala el camino correcto hacia la salida de un laberinto fatal. Mata con el muslo izquierdo esa pelota perfectamente enviada por Ever Banega, la acomoda con el empeine de esa misma pierna y define cruzado con la derecha -la menos mágica de las dos- para deshacer ese hechizo que lo tenía atado de pies y alma en este Mundial.

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