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¿Cómo elige nuestro cerebro a los buenos amigos?

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os humanos unidos por una amistad perfecta son como dos cachorros. Van a verse y, mientras uno se acerca por el final de la calle, el otro capta su tristeza o su euforia de un parpadeo y predispone su actitud en consecuencia: no se mimetiza con la pena, al revés, genera la compostura que pueda equilibrar a su amigo. Es un acto reflejo: parecería que la conciencia no interviene demasiado.

Son como dos perretes: se lamen la melancolía, y, en la alegría, sus palabras y sus risas corretean en consonancia, se predicen el ritmo mutuamente, se armonizan unas a otras y saltan o se relajan o retozan patas arriba. Difícilmente habrá malentendidos: las bromas, el humor, las ironías o las burlas desembocan unas en otras en un flujo que no requiere aclaraciones. Los buenos amigos se memorizan.

Este empaste óptimo requiere tiempo, pero también algo más. En ningún grupo de amigos más o menos nutrido existen unas relaciones igualitarias: hay niveles, subsecciones de colegueo. Siempre hay integrantes que conectan más profundamente y crean una entidad mínima de amistad más fuerte que, enseguida, levanta una pequeña barrera que la separa del conjunto.

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Etiquetas : AMIGOSAMISTAD