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Por Esteban Valenti*

La izquierda en América Latina está obligada a realizar un análisis serio, profundo ante lo que está sucediendo en Brasil como parte de lo que se ha repetido en demasiados países de la región. No alcanza con reacciones emocionales, con referencias a la intención de voto de Inacio Lula da Silva que es el más alto o, sobre una suma de argumentos jurídicos sobre las pruebas utilizadas por la justicia para condenar a 12 años y un mes de prisión al ex presidente.

Esta condena es un cambio radical y de época de la historia de la izquierda y de la política en nuestra región y por eso estamos obligados a opinar, analizar, debatir. En serio porque nos va un largo periodo de nuestro futuro.

He tratado de leer y entender el voluminoso expediente del proceso del “Lava jato” y traté de escuchar el debate en diversas instancias judiciales, algunas realmente infumables por su abstracción, por su fumosidad, por su desconexión con la vida común de los seres humanos.

Tengo una convicción primaria, Lula fue procesado con una alta dosis de subjetividad, sin las pruebas objetivas, documentales y de cualquier otro tipo que se requieren para un procesamiento de este tipo. Me parece y, de acuerdo a la experiencia, que con esas “pruebas” en Uruguay y en la mayoría de los países del mundo, no habría sido condenado. En Brasil, en otra época tampoco habría sido condenado. Hay otros casos como el de Michael Temer y con pruebas muy serias y sólidas o el del ex líder del opositor Partido de la Social Democracia Brasileña, Aecio Neves, donde no se actuó ni de la misma manera ni en los mismos plazos.

La suma de hechos que permiten dudar de la imparcialidad de la justicia en el proceso contra Lula son muy grandes y han sido recogidos por personalidades y por juristas de muchos países.

Pero el PT, que gobernó durante 13 años el país, es culpable.

El PT es culpable de haber llegado al gobierno con un discurso, un programa y una historia donde la lucha contra un sistema estructural de corrupción aplicado desde que la casa de Bragança se instaló en Brasil hace 200 años y continuado por una de las oligarquías más rapaces del mundo. Es un sistema de corrupción de los más arraigados estructurados del mundo y que funciona a todos los niveles: estatal, local, empresarial, parlamentario, judicial, policial. En estos 13 años en el gobierno el PT, lentamente, en lugar de combatirlo, se fue adaptando a ese sistema y en algunos casos se dejó ganar por ese mecanismo perverso que además alcanzó niveles enormes de corrupción.

Si se quieren tocar los privilegios de la oligarquía más perversa y corrupta de América Latina, hay que asumir que la batalla será frontal y sin tregua, porque la corrupción ha sido una de las principales herramientas para la acumulación de la riqueza, la fractura de la sociedad, el empobrecimiento de millones y millones de brasileros. No es un condimento, está en el corazón del sistema.

En estos 13 años “O mecanismo” fue ganando partes enteras del PT, comenzando por con el Mensalao y de allí en adelante. Nadie puede creer y defender con seriedad que estando 13 años en el gobierno, el PT no sabía de esos esquemas, no conocía que los 13 mayores contratistas del país hacían ganancias exorbitantes con los sobreprecios de las obras públicas (Petrobras, Juegos Olímpicos, Mundial de Fútbol y todas las enormes obras de infraestructura). Que alguien se atreva a negarlo con un mínimo de seriedad.

¿No todos son culpables por igual? ¿No todos participaron de los esquemas de corrupción? Es cierto, pero la responsabilidad política general no la puede negar nadie. Llegaron para cambiar el país y sus tramas corruptas y el PT terminó enredado en esas mallas tejidas durante décadas. Se integró al mecanismo. Es cierto que Dilma Rouseff fue víctima de una conspiración, donde la corrupción no fue ni siquiera un argumento, de los muchos corruptos de varios partidos que la destituyeron.

Lo que hay que discutir a fondo son las causas de esa absorción por parte del sistema y la corrupción. A mí no me sirve afirmar, proclamar y gritar que todos los demás partidos de oposición están metidos hasta el cuello en la corrupción y que nadie se escapa. ¿Y? ¿Acaso no fue una de las principales banderas del PT la lucha contra el oprobio de la corrupción que saqueaba el país?

El PT fue también responsable de haber comenzado a cambiar socialmente el Brasil, sacando 30 millones de personas de la pobreza, mejorando las condiciones de vida de la mayoría de los habitantes del país-continente, afectando privilegios enormes, pero dejando al descubierto el flanco débil de su lucha contra la corrupción y en ciertos niveles de su cohabitación y su complicidad con ese flagelo. Era obvio que la oligarquía lo utilizaría. Y lo utilizó, con ferocidad.

Quien debería determinar las responsabilidades individuales, penales de esos actos desde el poder, sería una justicia independiente. Es difícil creer que cuando el mecanismo es tan gigantesco, tan integrado, tan lubricado, algo quede afuera. Por lo tanto si bien es cierto que en la arremetida de la justicia, han caído personeros de primer nivel del mundo empresarial, también es cierto que la delación premiada es un instrumento perverso para aligerar responsabilidades y penas a cambio de locuacidades a veces muy sospechosas.

Lo que nadie nos saca es la responsabilidad de analizar las responsabilidades políticas y morales, que son inseparables, al menos lo eran en nuestros orígenes de luchadores por un mundo mejor. La corrupción es uno de los más perversos e injustos mecanismos de apropiación de la riqueza, y es incompatible con la identidad básica de la izquierda, no solo por decencia sino por ideología.

Lula es el candidato con mayor intención de voto. ¿Y? En Brasil la corrupción es aceptada, tolerada, integrada a la política como algo natural, algo perdonable. Y Lula hizo dos gobiernos de alto contenido social, de fuerte impacto en las mejoras de vida de los brasileros, dos excelentes gobiernos y terminó con más del 80% de aprobación a su gestión. Algo nunca antes registrado en Brasil.

Es mérito innegable no puede ocultar la otra cara de la realidad, no podemos aceptar que adaptarse a la corrupción era una condición necesaria para gobernar de cara al pueblo y sus necesidades.

Si Lula se puede postular nuevamente – cosa extremadamente vidriosa y difícil en un sistema realmente perverso inventado por Kafka – va a tener que afrontar el mismo dilema, pero multiplicado por mil: convivir con O mecanismo y adaptarse a su inexorabilidad o combatirlo frontalmente, incluso dentro del propio PT y dentro de sus aliados, con todos los peligros que esto comporta.

La elección por parte del PT de Michel Temer como el vicepresidente de Dilma Rouseff fue el ejemplo más claro de convivencia con el partido más comprometido con la corrupción, el PMDB, porque siempre está en el poder, gane quien gane. Con un mínimo de seriedad no se puede afirmar que nadie en el PT sabía del nivel de corruptibilidad y de corrupción de Temer. Es un ejemplo más de como privilegiando los acuerdos para gobernar, el PT se deslizó por la pendiente que ahora lo tiene afrontando esta situación.

Si las debilidades de la sentencia de Lula, si lo s ánimos exaltados de sus partidarios, si el peligro del crecimiento de la derecha golpista, le impide al PT realizar un análisis profundo y de cara a su sociedad sobre los aciertos cometidos y los errores también cometidos en estos 13 años, el futuro será muy negro. No me refiero al futuro electoral, sino a comprometer definitivamente la capacidad de la izquierda brasilera de emprender las enormes transformaciones pendientes en Brasil.

Todo este debate debería ser una gran lección, una dolorosa lección para toda la izquierda latinoamericana. Cuando se desciende el primer escalón de la corrupción el último es el infierno.

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(*) Escritor y periodista, director de la Agencia Uruguaya de Noticias UYPRESS y de BITÁCORA. Coordinador General de IPS entre 1979 y 1984. Artículo enviado a Other News por el autor, el 16.04.18.

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