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A horas intempestivas de la noche, mi habitación podría perfectamente ser la sede central de algún incipiente think tank interdisciplinar. Desde que se pone el sol hasta que sale, me puedes encontrar dibujando un retrato de Sade, reorganizando los muebles, elaborando un plan de negocio para un food truck convertible en minibús o soñando despierta sobre qué locales del barrio podrían modificarse si las próximas Olimpiadas se celebraran en Brooklyn. Mientras tanto, las responsabilidades de la vida real, mucho más acuciantes, esperan a ser resueltas antes del amanecer. Y por lo general también las despacho.

Ya sea por haber procrastinado o por tener una agenda demasiado apretada durante el día, es por la noche cuando más ganas tengo de afrontar las tareas y cuando me asaltan epifanías creativas aleatorias y totalmente innecesarias.

Claro está, lo de tener picos de productividad después de la media noche no encaja demasiado bien con el ciclo de sueño de la mayoría de la sociedad moderna, que gira en torno a una jornada laboral de 9 a 18. Por lo general, a la gente madrugadora se la suele considerar muy responsable y exitosa.

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Etiquetas : NOCHETIEMPOTRABAJO