Durante mis años de articulista de opinión he ido acumulando lector@s de distinto tipo y una versatilidad de gustos que a veces sobrecoge. Hoy deseo hacerles una distinción porque escribir tiene un solo motivo: que los invisibles destinatari@s lean nuestros alegatos.

L@s lector@s, además, nos escriben, nos dan ideas, nos critican, nos halagan, nos insultan, nos aman. Debo decir que los que me aman son much@s. Y los que zahieren se autodestruyen. Pero de tod@s he aprendido algo: la palabra (hablada o escrita) es lo más revelador del discurrir humano. La palabra decide el destino de la vida individual y colectiva. La palabra, por tanto, es el recurso social que obliga a balancear el efecto devastador de la violencia en cada hito del progreso humano. Violencia que ha tenido múltiples formas de expresarse y que la muerte no es su peor medida.

Hay lector@s que aprecian y valoran unos temas frente a otros. Cotejan, desechan, interpretan, ignoran, puntualizan. La mayoría destaca algo que estimo: en la variedad está el gusto. La política gusta a un montón. La literatura gusta, a ratos, a los extravagantes y lúdicos. Lo social, visto desde el palco crítico, es decir, asuntos afines a mujeres, sexualidades, activismos, pasiones, seducciones, discrímenes, etc., gusta a l@s luchador@s. Pero quizá el espacio que cautiva a una lectoría indefinida pero creciente es el de la ficción literaria. Cuando escribo una ‘historia’, como la refieren los lector@s que me envían correos electrónicos, hay un clic muy profundo entre su corazón y el mío, entonces, ¡vale la pena escribir!

Recuerdo que hace años, aquí en El Telégrafo, escribía la entrañable Marena Briones Velasteguí, y cada semana yo esperaba con ansias sus artículos y bregué hasta conocerla en persona. Fue mágico. ¡Una columna es una pócima!

Así, un artículo –hoy- se ha convertido en un género heterodoxo para mí. Que se elabora, también, por la complicidad psíquica entre un@ lector@ imaginari@/imaginad@ y un@ escriban@ solitari@.

Mi gratitud a l@s lector@s por leerme/seguirme en impreso, digital y redes virtuales. ¡Es alentador!

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Etiquetas : CAROL MURILLO RUÍZEcuadorOPINIÓN
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