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¿Por qué cuando algo fracasa se cree que es pérdida, daño, hundimiento? ¿Un naufragio difícil de aceptar? La vida, en todas sus expresiones humanas, es una aventura. No una situación de moderación, aquiescencia y paz. Es una apuesta que permite torcer el poder de pocos y asumir las ambiciones ocultas del saber social acumulado en la rabia, el deseo, la conciencia y la voluntad de amarlo todo.

Así, verbigracia, muchos estudiosos de hechos históricos que sellaron el devenir mundial, por ejemplo, la Revolución rusa –que el año pasado cumplió 100 años- apuntan un modo de caracterizarla (varios de ellos en suspicaz consenso), es decir, usan una palabra para definirla taxativamente: fracaso. ‘La Revolución rusa fue un fracaso’, sentencian. Pero, ¿qué pasaría si se admitiera que tal revolución fue un fracaso rotundo? ¿Acaso esa admisión le restaría la potencia social que su irrupción causó en el siglo XX? ¿La haría etérea para indagar procesos revolucionarios y modelos económicos y políticos previos y posteriores en la Rusia zarista y la Unión Soviética socialista?

El reduccionismo es el peor método para aprehender contextos sociales complejos ayer y hoy. Una revolución es una causa larga y tortuosa por las implicaciones del lugar histórico y las múltiples corrientes que la surcan. Recuerdo que cuando leí “La educación sentimental” de Flaubert me cautivaron los intricados escenarios y coloquios y los dispares personajes de la revolución francesa (1848) y sus cuitas ideológicas, morales y sensitivas. Ergo, una revolución es triunfo y desengaño, en simultáneo. Como el amor.

Resulta execrable que ¿cualquier? proceso social sea definido –por gente hipotéticamente formada en el rigor del conocimiento social- a través de una conjetura, construida desde el activismo demagógico que lo idealiza todo, incluido el pueblo. ¡La realidad social, entonces, sería un completo fracaso porque no calza en las teorías!

Ninguna colectividad naufraga, todas las sociedades luchan, a su manera, pero luchan.

Ninguna revolución es un fracaso per se.

Es un saber, una montaña de riscos. Unos aprenden. Otros se mueren.

Confirmado.net / El Telégrafo

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