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Cuando conocí a don Pedro Restrepo estaba joven y tenía la mirada inmensamente triste. Arrastraba un abismo de dolor en el fondo de sus ojos: el dolor de ser padre sin hijos.

Hoy su porte muestra el paso de los años y su risa, distinta, jovial, nostálgica, serena, abierta; muestra sencillamente la belleza de la lucha y lo grande que es el ser humano cuando halla una causa que no es individual sino colectiva, social, intergeneracional, de ascendencia y descendencia.

Una lucha de un hombre -una familia- contra el Estado y sus fauces. Un Estado que estaba en manos de unos grupos de poder y unas instituciones al servicio de sus propios intereses. Esa lucha empezó lenta y creció como si todo girara estrictamente en torno a la familia Restrepo Arismendi. Pronto nos daríamos cuenta que la desaparición de personas en sociedades gobernadas por oligarquías e instituciones con explícitas prácticas represoras como la policía de los años ’80 en el Ecuador (SIC-10) era una realidad que flagelaba la vida democrática que teóricamente habíamos alcanzado con el fin de la última dictadura.

Hoy se cumplen 30 años de la desaparición y muerte de los hermanos Santiago y Andrés Restrepo. Las investigaciones determinaron que se trató de un crimen de Estado; pero hasta la presente fecha los restos de los chicos no aparecen y un halo de impunidad aún encubre a los verdaderos culpables del delito.

Pedro Restrepo no detuvo su lucha y con cada gobierno tuvo una relación conflictiva. La farsa se repetía. El cinismo regodeaba a los funcionarios encargados del “caso”.

Hoy dedico este artículo al hombre que nos enseñó a luchar por el amor filial individual y colectivo, al hombre que aprendió a distinguir el contexto de su clase social y su supuesto vínculo con el Estado, al hombre que nos mostró que su familia es la familia de cualquiera que sufra la violencia estatal en nombre del poder de unos pocos.

Don Pedro: hoy se cumplen 30 años de la desaparición de sus chicos y también tres décadas en que usted cambió la historia de lucha de este país que -sin dudas- es honrosamente suyo. Se lo agradecemos tanto.

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