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Finalmente lo admitió al afirmar: “… no me reclamen lealtad”, que implícitamente significaría: “confórmense con mi traición”. El que esta confesión provenga del Jefe de Estado, en medio de un manto de silencio mediático y social, incluso habiendo generado una seguidilla de imitaciones en las altas esferas públicas, no solo nos revelaría su carácter moral, sino algo más: rasgos del ethos cultural de los(as) ecuatorianos(as).

El ethos cultural apelaría a las reglas, modelos de comportamiento y estilos de vida cotidianos aceptados por una comunidad de personas, basado en su experiencia común.  Si bien el actual reclamo de lealtad podría tener un fundamento en estos rasgos, en sí abriría una nueva ventana de comprensión de nuestro ethos cultural. Y es que la lealtad como virtud, involucra valores -honestidad, gratitud, fidelidad, etc.-, orientados a la construcción de un ideal de excelencia moral.

Está, además, asociada al sentido de pertenencia a una comunidad, a convicciones y compromisos con causas que se llevan hasta las últimas consecuencias. Por consiguiente, es una virtud asociada a la consecución del telos, es decir, de ciertas metas, propósitos y fines sociales y políticos.

Todo ello se rompe con la traición, que significa el incumplimiento, el engaño, la violación de un compromiso. En el caso actual, se ha pretendido justificarla apelando a la anticorrupción y a la democracia y focalizando supuestos dolos en dos líderes. Pero la traición ni se puede borrar ni justificar, precisamente por las implicaciones que tiene en  la construcción del ideal moral y del telos de una comunidad, máxime cuando proviene del Jefe de Estado.

Esta conducta no solo sería reveladora de una doble moral, sino de una ética presentista, que maximizaría vivir el presente, sin proyecciones de futuro, típica de un pueblo de sobrevivientes, en cuyo marco se quebrarían las aspiraciones estratégicas, los ideales de futuro y el sentido de pertenencia y compromiso con una comunidad política mayor.

Al traicionar una causa, un sueño, se construyen antihéroes o antiheroínas, esto es, la antítesis de las virtudes emblemáticas de los héroes y heroínas. Nuestro panteón ecuatoriano tiene pocos héroes y heroínas verdaderos de los(as) que podamos estar orgullosos(as) y que constituyan nuestros modelos de excelencia. Por el contrario, está plagado de despreciables antihéroes a los que sin duda se sumarán los(as) actuales.

Confirmado.net / El Telégrafo

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