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OpiniónTitulares

Abdalá, las marchas y la violencia contra mujeres y niñ@s (O) Aminta Buenaño

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Hay tres episodios políticos viralizados en las redes que me han impactado por su capacidad de provocación y por la deleznable doble moral.

Uno. En el que aparece un expresidente de la república bailando frenéticamente en un conocido prostíbulo de un barrio de ‘tolerancia’ de Guayaquil, junto a mujeres semidesnudas y prostituidas; acompañado de su hijo, excandidato presidencial, danzando ambos muy felices en aquel antro en donde se conjugan las historias más tristes y oscuras de trata de mujeres, extorsión, drogas y proxenetas.

El expresidente Abdalá Bucaram se había dirigido en sabatina al pueblo desde aquel tradicional barrio de explotación, saqueo y despojo del cuerpo de las mujeres pobres por parte del machismo más execrable; quizás él quiso corroborar lo que alguna vez afirmara León Febres-Cordero de que “solo las putas y los delincuentes votan por Abdalá”. O, tal vez, quiso ilustrar su convicción de que en la “18 y Gómez Rendón se aprende más como ciudadano que en la Universidad de Yachay”; describiendo a este prostibulario como una “universidad de la vida que me dio el mejor honoris causa”.

Ciertamente, dada su conducta, nadie pondrá en duda la veracidad de su palabra. Después un video, en que veo a su retoño ‘Dalo’, de confesión evangélica, junto a su esposa, convocando a una marcha próvida para defender los principios de la familia tradicional, como si existiera una letal amenaza o alguna malhadada ley negara su existencia o se opusiera a ella.

Dos. Imágenes de marchas multitudinarias en el país con pancartas de odio atacando a grupos minoritarios y, especialmente, a la ‘ideología de género’, sin precisar con claridad meridiana qué quieren decir, porque ni teórica ni académicamente existe dicha ‘ideología’, que más huele a tufo de ofendidas sotanas y curuchupas decimonónicos.

Lo que existe es el enfoque o la perspectiva de género defendida por la ONU y por todos los organismos internacionales de derechos humanos para evitar la violencia contra las mujeres que asesina a millones de personas en el planeta, siendo la primera causa por la que mueren en el mundo las mujeres. Esta marcha inconstitucional que recuerda al Ku Klux Klan, en la que se manipuló deliberadamente la información, tuvo como objetivo indirecto la discriminación, el odio, el rechazo a las minorías sexuales y la negación de los derechos de las diversas formas de familias que existen en nuestro país, fragmentadas por la inmigración, la feminización de la pobreza y la desigualdad.

Tres. Y el episodio, más público hoy, pero siempre presente: el continuo y sistemático maltrato y violación contra niños en las escuelas, pero también en hogares e iglesias por figuras de autoridad, como profesores, parientes, religiosos y amigos, llegando a visibilizarse en más de 800 denuncias en los últimos días. ¿Cuál es el hilo que une a estos episodios? Uno solo: la violencia machista pura y dura, sustentada en la doble moral. Violencia contra mujeres pobres y prostituidas cuya denominación de ‘putas’ se procura higienizar llamándolas ‘trabajadoras sexuales’. El trabajo dignifica, ennoblece. Si fuera un trabajo, ¿estarían estos hombres dispuestos a que sus hijas, madres o esposas se dedicaran a este oficio?

En el discurso del patriarcado las mujeres prostituidas no son víctimas, son empresarias. Es la doble moral que protege el millonario mercado de la industria del sexo, en donde se trafican cuerpos como mercancías. Para evolucionar hacia un mundo más justo tendríamos que imitar a Canadá, Francia, Irlanda o Suecia, en donde el debate concluyó con la penalización del putero que compra sexo, no en las víctimas.

Las marchas #Conmishijosnotemetas que arrearon a muchos bajo consignas falsas se convirtieron en la visibilización del odio hacia los diversos. Me pregunto: ¿por qué no marcharon contra el microtráfico que tiene sumidas en la indefensión a las familias pobres? ¿O contra los crecientes femicidios o contra el abuso infantil?

Las denuncias de los padres de los niños violados deben merecer todo nuestro apoyo y rechazo. Su causa jamás debe prescribir porque ese dolor nunca prescribe en las víctimas. La niñez es un gran estado de indefensión de la que se aprovechan lobos depredadores disfrazados de maestros, parientes y religiosos. Los derechos de la niñez deben ampliarse. El machismo pregona que las mujeres y los hijos pertenecen al marido propietario, dueño de sus vidas. Esta es la semilla de la violencia atávica. Si anhelamos un país en el que imperen los derechos y la paz, hoy más que nunca debe apoyarse, sin recortes, la legislación que busca erradicar la violencia contra las mujeres y los niños. (O)

Confirmado.net / El Telégrafo

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