Aquella frágil y valiente mujer que hacía bolillos y bordaba preciosos encajes en su pelea diaria contra la pobreza, el frío y el hambre en el Quito colonial de las asonadas y rezos, jamás imaginó en su lecho de muerte que sus palabras escribirían una página heroica en la historia de América, ni que siglos después miles de niños haciendo sus tareas escolares las corearían a rebato, como campanas llamando a misa, sin saber muy bien por qué ni quién las dijo.

Ella, Manuela Cañizares, tenía carácter y pasión, aunque esas eran palabras obscenas para una mujer en aquella época. Ellos, los conjurados, tenían ideas, pero les faltaba valor. Ella, Manuela, tenía un amor tan grande por la justicia que era capaz de incendiar con la llama de sus argumentos las tertulias clandestinas de las que era anfitriona y hacer que los comensales olvidaran la noche o el día por seguir electrizados el hilo de su conversación.

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