Siempre me he preguntado qué significa para una reina de belleza envejecer, cuando su belleza ha sido la llave que le ha abierto las puertas de lo político y social. Cuando ha sido su salvoconducto, su seña de identidad. Cuando ha cifrado toda su influencia en el poder de su sonrisa, de las medidas de su cuerpo, de sus piernas, de su altura, según los parámetros occidentales y comerciales de una cultura patriarcal, que cuelga y vende el cuerpo de la mujer en los ganchos públicos de los matarifes de la comunicación.

Envejecer, cuando la carnicería de los años convertirá en despojos la reluciente lozanía de su belleza convertida en valor de vitrina pública. ¿Qué son los concursos de belleza? Son degradantes y desleales competencias que muestran y tasan a las mujeres como se exhiben en un festival agropecuario a las mejores yeguas y vacas de raza.

Detrás de esos publicitados concursos están negocios multimillonarios, aliados de las transnacionales de los cosméticos y textiles. El concurso de Miss Universo, cuyo dueño era el magnate Donald Trump, hoy presidente de EE.UU., convoca a una audiencia de mil millones de personas en el mundo con 166 países participantes. Estos concursos enseñan a las mujeres a no aceptarse y sentirse bellas como son. A estar en guerra contra su propio cuerpo. A perseguir un ideal de Barbie imposible, en la que todo es artificial: labios, nariz, pecho, pompis de silicona, color de ojos y pestañas. A seguir dietas anoréxicas y usar tacones insalubres.

Los medios de comunicación son particularmente responsables de esta degradación de la imagen de la mujer como persona, porque trabajan con estereotipos machistas clientelares, presentándola como mercancía sexual y reproduciendo referentes y modelos discriminatorios. No les interesa educar, solo vender. Así alimentan diariamente al machismo, cuya arma de control más poderosa y letal es la violencia que sufrimos.

Esto he pensado al leer un reportaje con una foto chocante en la que aparecen cuatro asambleístas de oposición, modelando felices en una pasarela, todas vestidas de blanco vaporoso, a lo ‘Marylin’, su título: ‘Las bellas de la Asamblea al banquillo’. La crónica, que hace énfasis en la sensualidad de los labios, en la hondura de la mirada, en haberse convertido de “reina de belleza a reina del hogar y ahora reina de la política”, no deja de sorprenderme porque, especialmente, se trata de actoras políticas. Estas reinas sin trono sujetas a un cordón autoritario y patriarcal son presas de clichés, de la alienación de ideas presupuestadas y de derrotas anticipadas porque no hay mayor desgracia que desconocer la fuerza de su real valor. Porque, tal vez, ni siquiera advierten que son banalizadas.

El cuestionario para ellas es tan insustancial y ridículo que una no deja de pensar si el periodista preguntaría lo mismo a los hombres asambleístas. Si los vestirían a todos de blanco vaporoso, si correrían detrás de ellos con maquillaje, peluqueros y polvos. No me imagino a Ángela Merkel en estos menesteres, ni a la Bachelet. Una forma vergonzosa de violencia es dimensionar la belleza de la mujer a categorías superlativas, rebajando su capacidad, talento o inteligencia. Hablar en clave de estética antes que de una ética que reafirme sus derechos y valores, ignorados por la moral patriarcal que prefiere destacar un rostro bonito antes que un grito femenino que subvierta su condición. Esto lo sabía Manuela Sáenz y por ello fue tan perseguida.

Las mujeres en la política, si son conscientes de su papel en la historia, tienen el deber y la obligación moral de combatir y desenmascarar toda esta arquitectura ideológica comunicacional que sustenta aquella violencia que conduce a maltratos, violaciones y feminicidios, que seguramente ellas condenan. La Constitución de Montecristi garantiza el derecho a una vida sin violencia para las ecuatorianas. Por ello es un contrasentido de las mujeres políticas, de cualquier partido que sean, dejarse enredar en la telaraña de la alienación mediática que cosifica el cuerpo de la mujer reduciéndola a un objeto bonito, a modelos de pasarela, a muñequitas de salón, fashion y glamorosas. (O)

Confirmado.net / El Telégrafo

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