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OpiniónTitulares

La ironía de los medios públicos (O) Sebastián Vallejo

A inicios de semana, Michelena dijo que el presidente Moreno ha solicitado que se le dé “un tratamiento comercial (a los medios públicos), para que no sean una carga al fisco, sino que sean unos medios completamente autosustentables”.

Con esto, los medios públicos -lo que alguna vez se quiso construir como medios públicos- pierden aquello que los distinguía del resto. Dejando de lado las críticas sobre la línea editorial, sobre el contenido y enfoque de la noticia, y sobre su capacidad de trascender papel como medio gobiernista a uno verdaderamente independiente, la visión del medio público era desafiar la lógica de mercado por la cual se rigen el resto de los medios.

Era entender a la información como un servicio y no como un negocio. Era crear espacios para ese ‘público’ marginado de los discursos dominantes y tradicionales, aquellos que no lograban tener una voz en los medios, por no alimentar a los ratings o a los intereses de los dueños. El medio público, como servicio y concepto, permite recuperar expresiones importantes que fueron desplazadas o que nunca fueron aceptadas en los medios tradicionales.

Permite poner a la cultura en primera plana, y no confundirla con una columna de farándula. Permite establecer debates más amplios, con otras voces, sobre temas que muchas veces no entran en los contenidos tradicionales. Permite adherirse a estándares que como sociedad buscamos. Permite cambiar la dinámica en la que se genera contenido, y la manera en que se abarcan contenidos, porque la lógica que mueve al medio público es el servicio al público, y no los intereses económicos y políticos de un grupo de inversionistas (o, en el caso ecuatoriano, de una familia).

Por sobre todo, el medio público desafía el poder de los medios de comunicación tradicionales. Es un desafío simbólico, sin duda, pero un desafío necesario. El medio público no entra a competir con los medios tradicionales, sino que la misma dinámica que mueve a los medios públicos genera un discurso alternativo a la visión monótona y heterogénea de los medios tradicionales. Los medios públicos no están para reemplazar a los privados. Los medios públicos deberían estar para mostrarle a los privados lo que, como público, demandamos de un medio.

Muchas de las críticas a los medios públicos, incluidas las que han venido desde esta columna, apuntan a que el medio público no supo distanciarse del Ejecutivo (y el Ejecutivo no mostraba ninguna intención de permitirlo), mostrándose como un medio gubernamental que le faltaba mucho para ser verdaderamente público. La crítica buscaba que los medios públicos puedan trascender, legal y formalmente, la influencia del Ejecutivo.

Pero las declaraciones de Michelena van en contra de la idea fundacional de los medios públicos en partida doble. Cuando Michelena quiere que los medios públicos sean autosustentables, lo que sugiere es que los medios públicos entren a competir dentro del mercado tradicional de medios, lo que implica adaptarse a este mercado y a la lógica para sobrevivir dentro él. Es decir, que el medio público funcione como un medio privado. Y cuando Michelena dice que el Presidente no quiere que los medios públicos sean “una carga” para los contribuyentes, entonces está equiparando la información a un negocio.

Porque la información como servicio público -la creación de contenidos alternativos como servicio público- es valiosa por lo que contribuye al público, no por las ganancias (o pérdidas) que genera. Sin olvidar que todo este cambio es “un pedido del Presidente”, quien “da la independencia”, “da la apertura”, pero que todavía no propone -y no parece tener la intención de proponer- darle independencia del Ejecutivo a los medios públicos. Y que no se escapen estas ironías. (O)

Confirmado.net / El Telégrafo